los bolígrafos vacíos
que desechan los humanos!
1- Presentación
2- Primeros comentarios
3 - Primera historia
4- Las fotos de flores de almendro
5- Cae la primera noche
6 - El universitario
7- El olor de los humanos
8- El silencio y la lluvia
9 - No hay románticos entre los humanos
10 - Creer en los propios sueños
11- La universitaria de tez blanca
12- El pacto de Romi
13- El Anciano del cortijo del Laurel
14- Algarabía en la tienda
15- No todos los humanos son buenos
16- ¿A dónde van los bolígrafos vacíos?
17- Todos merecemos dignidad
18- Hay que ayudar a los amigos
19- Nunca hay que perder la esperanza
20- El tesoro de nuestro interior
21- El mundo interior de un bolígrafo
22- El misterioso paquete
23- Los humanos solo buscan dinero
24- ¡Qué solos nos quedamos!
25- No hay que culpar a los humanos
26- Preparando para arreglar el escaparate
27- Las confesiones del número uno
28- Una carta dentro de la caja
29- Si estamos en buenas manos...
30- El último consejo
1- Presentación
- Yo fui la rama más gruesa de un árbol gigante, junto a un lago de aguas purísimas y cerca de una suave colina.
- De ese mismo árbol, yo fui un pequeño trozo de su tronco. El musgo del invierno y las orquídeas del bosque se agarraban a mí para sostenerse.
- Pues yo fui, en aquellas primaveras cálidas y tardes lluviosas, varias hojas de este mismo árbol.
- Y yo fui una de las raíces más largas y robusta de ese árbol frente a la colina. De las purísimas aguas del lago que has nombrado, bebía y luego compartía con todas las ramas y hojas del árbol que estáis nombrando.
- Vosotros no lo sabías pero yo también vivía cerca de este gigante árbol. Fui una de las lianas más hermosas de todo aquel bosque. Por mi tallo subían las arañas, los monos y hasta las aves que poblaban el tupido bosque.
- Pues, para que lo sepáis, yo fui…
De esta manera hablaban, recordando los tiempos primeros de su existencia. Sobre una pequeña repisa de cristal, frente al mostrador de la tienda de fotocopias y libros, descansaban. Ya olvidados de sus dueños y viejos. Sin ninguna utilidad y por eso, esperando que en cualquier momento, el dueño de la tienda u otra persona, los cogiera para tirarlos definitivamente a la basura. La pequeña repisa de crista daba a la calle, casi se podía tocar desde el otro lado del mostrador y por esto, todas las personas que entraban a la tienda, la veían con claridad. Nadie prestaba ninguna atención. Solo algunas de las personas que, al pasar por la calle, se paraban ante el escaparate y miraban por si encontraban algún objeto que fuera bonito. A ellos muy pocas personas les prestaban atención.
Unos centímetros más arriba de la pequeña repisa de cristal y también clavada en la pared, otra repisa aun más chica. Sobre ella descansaba un lapicero de lata, pintado en amarillo y verde y decorado con dibujos de flores. Dentro del lapicero solo había un sencillo bolígrafo. De plástico transparente casi como el cristal y con un capuchón también de plástico pero opaco y de color azul intenso. Solitario y muy concentrado en las charla de los diez o doce bolígrafos viejos. Los miraba y se moría en deseos de dar también su opinión. Y, sobre todo, quería preguntarles cosas. Todos ellos ya habían dejado de ser útiles a los personas y por eso estaba seguro que tendrían mucho cosas que contar.
2- Primeros comentarios
- A mí nadie me ha comprado todavía. Aquí, en este lapicero de lata, llevo ya casi dos años y, aunque muchos de los que entran a la tienda me miran, nadie quiere llevarme con él. Pero yo sueño. Desde mucho antes de ser bolígrafo, llevo en mis genes un sueño que no he compartido todavía con nadie.
Comentaba el bolígrafo de plástico transparente.
- Pues nosotros, ya lo estás viendo, hemos terminado de ser útiles a los humanos y ya estamos desechados. Listos para ser tirados a la basura y desaparecer para siempre de este mundo. También, como tú, teníamos un sueño pero no ha servido para nada.
Le confirmó uno de los vacíos y viejos bolígrafos.
- Pero soñar es valioso y muy necesario. ¿Sabéis qué es lo que quisiera yo?
- ¿Qué es lo que quisiera?
- Que me comprara una chica joven y me llevara con ella y que conmigo escribiera palabra hermosas, llenas de amor y tiernas. Y si me compra una niña me gustaría que conmigo dibujara las flores más bonitas. Y si es posible que sean de almendro. También sueño que, algún día, me compre alguna persona mayor. Un anciano escritor o un poeta. Porque lo que más me gustaría es que alguien conmigo algún día escriba las cosas más bellas que nunca se hayan escrito. Y si fuera un libro, pequeño pero limpio y lleno de hondura, qué dichoso me iba a sentir.
Los niños, las muchachas jóvenes, las niñas ¡son tan hermosas y por dentro parecen tan bellas! Se me van los ojos tras ellas cada vez que las veo pasar por la calle o entrar a esta tienda. Por eso añoro la dulzura de una niña o la ternura de una chica joven. No las conozco pero sueño con cada una de estas personas a todas horas. Porque ¿sabéis qué fui yo en mis primeros tiempos?
Uno de los diez o doce bolígrafos vacíos preguntó:
- ¿Qué fuiste tú en los tiempos en que nosotros fuimos árbol, hojas, ramas y raíces?
- Yo fui flores de almendro. Hermosas y frescas flores abiertas y de color rosa trabadas en las ramas de un almendro precioso.
- ¡Qué suerte la tuya!
Se produjo un pequeño silencio porque a la tienda de libros y fotocopias entró una muchacha joven. De pelo rubio, de cara blanca, delgada, con una sonrisa muy brillante y hablando con mucha dulzura. No hablaba correctamente el español sino que lo hacía con un pronunciado acento extranjero. Sobre el mostrador dejó sus libros y abrió la carpeta para sacar hojas escritas con bolígrafo. Pidió que le hicieran fotocopia de todo y luego siguió buscando más hojas escritas con tinta azul. El bolígrafo de plástico transparente, desde el lapicero de lata y estantería de cristal, la miraba y mantenía la respiración esperando.
3 – Primera historia
La muchacha de las fotocopias, sacó unas monedas de su bolso, grande y de color piel, pagó y se fue. Y, justo al salir de la tienda, se tropezó con una amiga. Otra chica joven, baja de estatura, delgada, con cara redonda y pelo negro. Se saludaron hablaron algo, tampoco pronunciaba correctamente el español, y las dos se fueron juntas. Calle arriba hacia la pequeña plaza de la ermita, con el olivo en el jardín de puerta.
Dirigiéndose al solitario en el lapicero de lata, uno de los bolígrafos vacío, dijo:
- Nosotros podemos contarte nuestras experiencias con las personas que nos han usado. Te servirán para que tengas una idea más clara de lo que son los humanos y de lo que te espera a partir del momento en que te vendan.
Respondió el bolígrafo de cristal:
- Sí que me gustaría oírlas.
Otro de los bolígrafos desahuciado, siguió comentando:
- Y te conviene. Porque las cosas no son como las piensas. Eres un bolígrafo romántico porque sueñas que una niña rubia, de manos blancas y cara de seda, dibuje contigo flores de almendro.
Siguió argumentando el bolígrafo romántico:
- No solo lo sueño sino que lo deseo con todas mis fuerzas. Porque estoy convencido que nada hay más importante y bello en este mundo que dibujar flores de almendros con un bolígrafo como yo.
Por la calle pasó, en este mismo momento, una preciosa niña rubia. La miró muy interesado el bolígrafo romántico. No dijo nada pero se le notaba lo que en su corazón ocurría. La niña ni se paró un momento. Ni siquiera miró para el escaparate. Sin embargo, el boli romántico dijo:
- La he visto muchas veces pasar por aquí. Seguro que vive cerca. ¡Me gusta tanto! Parece tan dulce, tan tierna, tan cariñosa, tan risueña, tan… ¿La conocéis vosotros de algo?
El bolígrafo número uno, de los viejos y vacíos, aclaró:
- Yo sé un poco de ella y, también este compañero mío, sabe algo de la muchacha que ha estado aquí hace un momento.
El compañero al que se refería era el número dos del grupo de los sin tinta por dentro. Lo miró Romántico y preguntó:
- ¿Cómo se llama?
Respondió el bolígrafo número dos:
- El nombre no lo sé ni tampoco a ti te interesa mucho. Para lo que sueñas y esperas de la vida los nombres de las cosas y las personas no es lo que más te importa.
El número tres de los vacíos por dentro preguntó:
- Y si te compra un hombre mayor, un anciano calvo pero también romántico como tú ¿Serviría para lo que sueñas?
- Yo quiero que me compre y me lleve con ella una niña como la que hemos visto ahora mismo. Y, si no fuera posible, lo que más me gustaría es que me comprara una muchacha joven. ¿Conocéis vosotros alguna como la que sueño?
Ninguno de los del grupo sin valor dijo nada más, en estos momentos. Sin embargo, Romántico ya sabía que el vacío número uno, conocía a la niña de su sueños. El número dos, según había dicho, también sabía algo de la muchacha que no hablaba bien el español. Y, el que tenía el número tres, por lo que acababa de insinuar, parecía que sabía algo de un anciano calvo y romántico.
4- Las fotos de flores de almendro
Era invierno. Mediado ya el mes de febrero y por eso el cielo estaba nublado. Era por la tarde y llovía suavemente. El asfalto de las calles de la ciudad relucía por las gotas de la lluvia. Era la época de mayor actividad en la universidad, en los institutos y en los colegios. Por eso en la tienda de fotocopias y también un poco de librería no paraban de entrar personas. Muy poco a comprar bolígrafos pero sí muchos a hacer copias.
Al norte de la ciudad, dentro de unos de los campus universitarios, los almendros estaban florecidos. Cubiertas todas sus ramas con las flores más bellas. Blancas, rosadas, un poco más rosadas y, algunas, con los bordes de los pétalos azulados. Los almendros, muy viejos algunos y jóvenes otros, ya parecían anunciar la llegada de la primavera. Pero pocos eran los estudiantes que se paraban a contemplarlos y a disfrutar de este sencillo espectáculo tan bello.
Una vez más, se abrió la puerta de la tienda. Un pequeño hombre muy mayor, pasó al interior. Sobre el mostrador puso un libro. De color azul, encuadernado en pasta dura y de tamaño A6. Tamaño bolsillo de una camisa. El hombre mayor, calvo, con algunos pelos blancos a los lados y bajo de estatura, dijo a la muchacha que vendía:
- Quiero que le pongas un gusanillo a estas hojas.
Y abrió el pequeño libro, cogió las hojas que tenía dentro y se las mostró a la muchacha.
Desde la estantería de cristal y, en su lapicero de lata decorada con flores pintadas, el bolígrafo romántico se estremeció al ver las fotos. Porque, en cada una de las hojas que el hombre mayor entregaba a la muchacha, había impresa una hermosa foto en color. Más de trescientas en total, muy hermosas y todas de flores de almendro. Dijo de nuevo el hombre:
- Las acabo de hacer. Y como son tan bellas estas flores y muestran tanto vigor y frescura, las quiero conservar como recuerdo. Un pequeño libro solo para mí, como si fuera un capricho.
Miró despacio la muchacha y dijo que sí, que eran fotos muy buenas. Y por eso preguntó:
- ¿Y cómo se hacen fotos tan hermosas?
Leyó el título del pequeño libro y en voz alta pronunció:
- “DIEZ MINUTOS DE BELLEZA. Las fotos más bellas de flores de almendro en Granada”.
A continuación guardó silencio y también el pequeño hombre. Pero el bolígrafo romántico temblaba sacudido por una emoción intensa, mezcla de miedo y satisfacción. Se perdió, como en un pensamiento confuso y etéreo, en un lejano recuerdo. Entre las flores de almendro que él había sido en sus primeros y lejanos tiempos.
Romántico, quiso hablar con el pequeño y anciano hombre pero no sabía cómo hacerlo. En realidad, no podía hacerlo. Nunca un bolígrafo de plástico transparente ha hablado ni hablará con una persona humana. Aunque sí lo haga en algunas ocasiones muy especiales pero de alguna manera que desconocemos hasta hoy. Sin embargo, el número tres de los bolígrafos vacíos, dijo a romántico:
- Este hombre pequeño, viejo y calvo, con pelos blancos y con aspecto de pobre, podría ser un buen amigo tuyo. ¿Quieres que te diga cómo se llama, quién es y dónde vive?
Un nuevo temblor recorrió en corazón de Romántico. De pronto pensó que, el hombre pequeño y anciano, podría comprarlo. Que en algún momento le pediría a la muchacha de la tienda que le diera un bolígrafo y ésta, podría acercarse a la estantería de cristal y coger el solitario bolígrafo. Tembló un poco más.
Por eso no supo qué responder a las preguntas que le había hecho su compañero vacío. No sabía qué decir. Temblaba tanto y miraba con tanto interés a las fotos de las flores de almendro, que se encontraba por completo aturdido.
5- Cae la primera noche
La muchacha de la tienda, sin pronunciar una palabra más, puso el gusanillo a las hojas con fotos de flores de almendro. Terminó y se las entregó al hombre mayor. El anciano le dio las gracias, pagó y salió de la tienda. Con su pequeño libro entre las manos, mirándolo y acariciándolo como si fuera un tesoro muy grande. Como si para él, nada hubiera más valioso en este mundo.
Seguía lloviendo. Ya la tarde caía y, por eso, las luces de la ciudad, se encendían. Por la calle, hacia la pequeña plaza de la ermita, los coches rodaban a toda prisa. Como si todos tuvieran mucha necesidad de llegar cuanto antes a no se sabía qué lugar. Por la acera, la que pasa por delante de la tienda y estantería del bolígrafo romántico, muchas personas bajaban y subían. También como si todas tuvieran mucha prisa o como si cada una fuera metida solo en su mundo particular. Nadie se paraba a mirar el escaparate y menos al bolígrafo romántico.
La muchacha de la tienda apagó las luces del local. Todo dentro se quedó a oscuras y solitario. Como sin vida, como sumido en un mundo misterioso y lejano. Sin embargo, la estantería de cristal, seguía iluminada por las luces de la calle. Y más concretamente por la luz de una farola en la misma esquina. Romántico, una noche más, seguía en su rincón y soledad. En el centro mismo de la ciudad y bullicio de los humanos pero solitario. Ya no temblaba pero sí ahora sentía como una pequeña tristeza. Porque el tiempo seguía pasando y en su estantería de cristal permanecía sin compañía. Sin el calor de una mano amiga que le acariciara, sin la presencia de la niña rubia con la que tanto soñaba. Sin un dueño que le diera un poco de cariño. Sin nadie en esta vida que le dirigiera la palabra o que le escuchara.
Por eso no dejaba de pensar en la niña de sus sueños y también en las muchachas de acentos extranjeros y en el anciano. Y quiso hablarlo con algunos de los bolígrafos vacíos que le daban compañía. Tenía necesidad de hablar mucho y bellamente de la niña de sus sueños y de las muchachas pero no lo hizo. Le faltaban fuerzas o más bien no sabía cómo hacerlo de la forma más exacta y bella.
Sin embargo, una vez más preguntó a uno de los bolígrafos vacíos:
- Y ahora por la noche ¿Qué hacen cada uno de los humanos que a lo largo del día han pasado y siguen pasando por esta calle?
Al oír la pregunta todos los bolígrafos vacíos querían contestarle. Todos querían contar sus experiencias con las personas que les habían usado. Cada uno conocía muy bien y con muchos detalles, muchas, muchas cosas de los humanos.
6 – El universitario
El número cuatro de los bolígrafos vacíos, se preparaba para hablar. Sentía la necesitad de contarle todo a Romántico. Y, estaba ya apunto de pronunciar sus primeras palabras cuando, frente el escaparate, se paró una persona. Era un elegante joven. Alto, delgado, pelo negro, algo serio y con una gran carpeta en sus manos. La luz de la farola de la esquina daba de lleno en el escaparate. Y, por eso, la estantería de cristal y el lapicero con Romántico, se veía con toda claridad. Como si fuera pleno día o mejor.
Romántico se quedó encogido y, el número cuatro, se mantuvo en silencio. El primero de nuevo se emocionó y soñó un leve sueño. El segundo también se emocionó pero fue porque se le avivaron los recuerdos. Fijo se mantuvo en la figura del joven y observó como éste, durante largo rato, permaneció allí mirando. Y se fijaba no en los bolígrafos vacíos sino en Romántico. Y no solo lo miraba de frente sino que se movía de un lado a otro buscando la mejor iluminación. Pasado un rato, puso su abultada carpeta en la otra mano y se alejó. Acera abajo hacia el corazón de la ciudad. Hacia lo que para Romántico resultaba un enorme mundo, desconocido y lleno de misterios. Pero no era así para el bolígrafo número cuatro. Por entre la gente, los coches y las casas de la ciudad, se perdió el Joven.
Y, al quedarse solos, enseguida preguntó Romántico:
- ¿Lo conoces de algo?
El número cuatro de los sin valor, dijo:
- Lo conozco plenamente. Es uno de los muchos estudiantes universitarios en al Facultad de Medicina.
- ¿Acaso fue tu dueño?
- El me compró, hace unos meses, en la librería de su pueblo. Y él me dejó, hace solo unos días, en esta copistería y estantería. Ya no le servía. Me había gastado y, al comprar aquí mismo otro bolígrafo nuevo, me dejó sobre el mostrador abandonado. Luego, la muchacha de esta tienda, me recogió y me puso justo donde ahora mismo estoy. A tu lado. ¿No te acuerdas de aquel momento?
Hizo memoria Romántico y recordó. Por eso ahora sintió otra vez miedo. Preguntó:
- ¿Y qué me puedes decir del que fue tu dueño, joven estudiantes universitario? Porque ¿sabes? ¡Tengo miedo, mucho miedo!
Preguntó el bolígrafo número cuatro:
- ¿Temes que mañana, cuando la muchacha abra la tienda y acudan los estudiantes a clase, pase por aquí y te compre?
Sin rodeos respondió Romántico:
- Lo temo y mi corazón no lo quiere. Mi sueño siempre se mantiene fijo en la niña que ya sabes.
7- El olor de los humanos
Romántico escuchaba atento y con interés todo lo que le contaba el boli número cuatro. Y éste se extendió mucho aclarando cada detalle y comportamiento del joven que había sido su dueño. Como si realmente por fin hubiera encontrado el momento para desahogar su corazón. Como si por fin ya hubiera encontrado el interlocutor perfecto. Por eso ni siquiera descansaba un segundo. Ni para respirar ni para hacer un punto y aparte.
Pero en uno de los momentos Romántico dijo:
- Es muy interesante todo lo que me cuentas del joven universitario, tu antiguo dueño.
Aclaró el número cuatro:
- Y entre tantas cosas, a lo largo de los meses que me ha tenido con él, lo que menos me ha gustado ha sido su olor.
- ¿Su olor?
- Sí, porque de vez en cuando, mientras escribía conmigo, me metía en su boca, embadurnándome de saliva o me echaba su aliento. Y olía muy mal. Y no solo su aliento sino sus manos y todo su cuerpo. Y, sobre todo, los fines de semana. Casi todos los viernes por la noche y muchos sábados, se iba o de botellón o de fiestas a las discotecas. Al otro día por la mañana, cuando me cogía para escribir conmigo, olía a borracho. Y esto era algo que yo no he podido soportar. Su aliento de borracho y su poca sensibilidad cuando escribía conmigo. Nunca me dejaba en un sitio digno ni tampoco nunca escribió conmigo ni una poesía ni pintó una flor hermosa. Por eso, en su compañía, me sentía desgraciado y deprimido.
Se hizo un silencio profundo y Romántico aprovechó para reflexionar algo. Pensó en la niña de sus sueños y luego en las flores de almendro de aquellos primeros días de su vida. Quizá por esto dijo al boli número cuatro:
- Luego me recuerdas que tengo que contarte el sueño que tuve la otra noche.
- ¿Con quién soñaste?
- Con la niña rubia y tierna que hemos visto esta tarde.
- ¿Y fue un sueño bonito?
- Luego me lo recuerdas y te lo cuento. Porque ahora quiero preguntarte: ¿Todos los humanos son como el joven universitario del que hablas?
- Entre los humanos hay de todo.
- Y las muchachas universitarias ¿son cultas, románticas, limpias, educadas, sensibles y cariñosas?
- Algunos, ellos y ellas, se duchan y huelen bien por dentro y por fuera. También algunas son delicadas y tienen buenos comportamientos.
8- El silencio y la lluvia
Ninguno de los presente en la estantería de cristal, se dio cuenta. Todos estaban muy interesados en lo que contaba el número cuatro y esperaban un buen momento para narrar también ellos sus experiencias con los humanos. Pero la noche avanzaba. El cielo se había cubierto de espesas nubes negras y, aunque no hacía frío, sí se levantó un poco de viento. Tampoco lo notaron ellos porque, dentro del escaparate de la tienda, ni el frío se apreciaba ni el viento se percibía. Pero sí se empezó a oír la lluvia caer. Se empezó a oír quebrándose en los cristales del escaparate, en el asfalto de la calle y por entre las ramas de algunos árboles. Las ramas desnudas de dos o tres chopos y un par de acacias.
Y, al darse cuenta y oír esta lluvia, Romántico dijo a los bolígrafos vacíos:
- Quedémonos en silencio un rato. Quiero oír llover. Luego, cuando ya los humanos que van ahora mismo por las calles se hayan ido a sus casas y los coches dejen de pasar, seguimos hablando. Me interesa mucho todo lo que me estáis contando. Y también quiero que me digáis a dónde van y qué hacen las personas de esta ciudad en una noche como ésta.
Y dijeron los vacíos:
- ¡De acuerdo! Guardemos silencio para escuchar la lluvia.
Y, en ese mismo momento, todos callaron.
Romántico, se recogió un poco más en sí y en su sueño y se concentró en el rumor de la lluvia. Ésta caía suavemente pero sin parar y por eso, por el asfalto de la calle, empezaron a bajar pequeños chorros de agua. Lavando la suciedad del asfalto, la de los adoquines y el cemento de las aceras. Y como cada vez pasaban menos coches también en la calle se empezó a notar el silencio. Un silencio muy especial que se empañaba con el rumor de la lluvia quebrándose y con el siseo suave del aire.
Muy concentrado en sí y muy quedamente susurró Romántico:
- En los tiempos en que yo fui flores de almendro, recuerdo que lo que más me gustaba era sentir la lluvia caer sobre mí y oírla resbalar por entre las hojas de los árboles.
No dijeron nada sus compañeros pero sí Romántico siguió susurrando:
- Yo creo que en Universo no existe una música más bella que la que brota de la lluvia cuando cae sobre la tierra.
Siguieron todos en silencio y, por tercera vez, Romántico murmuró:
- Y la niña de mis sueños, la que sí huele a primavera fresca y es tierna como el algodón ¿dónde estará en estos momentos y qué hará? Me gustaría verla y me gustaría estar a su lado en esta noche de lluvia tan bella. ¡Será hermosísimo verla cuando duerme! ¿Quién de vosotros sabes si a ella le gusta la música de la lluvia?
Tampoco ahora ninguno de los presentes respondieron a la pregunta. A lo lejos se oía el canto de un mirlo.
Y Romántico, sin que nadie supiera cómo ni por qué, quedamente, muy quedamente, recitó:
Quisiera estar contigo,
bella princesa,
ángel de mis sueños
toda de seda.
Quisiera oír tu voz
mi niña tierna
en esta noche tan íntima
de lluvia buena.
Flor de los prados,
blanca azucena,
en las noches cuando duermes
¿con quién sueñas?
9 - No hay románticos entre los humanos
El boli número cinco, al oír las cosas que susurraba Romántico, dijo:
- Perdona que te interrumpa y perdona que empañe el silencio que, para oír la lluvia, reclamas. Pero quiero que sepas que estás equivocado.
Se produjo un expectante silencio. Varios quisieron intervenir pero solo Romi preguntó:
- ¿Por qué dices eso?
- Dentro de un rato, en cuanto acabe la noche y llegue el nuevo día, otra vez aparecerán los profesores y universitarios.
Decía esto el número cinco porque, justo enfrente del escaparate de la librería, estaba la facultad de medicina. Al otro lado de la calle, se veía perfectamente la entrada. Una pequeña explanada, escalones de piedra y la gran fachada. Y era cierto que cada día, como en todas las facultades de las universidades del mundo, se llenaba de estudiantes. También de profesores y de empleados y de muchas más personas. Desde la estantería de cristal claramente se veía y oía el gran tumulto que se formaba en la puerta de la facultad de medicina cada día. Y por eso, todas las mañanas, Romi, miraba y preguntaba y casi nunca nadie la daba una explicación completa.
Sin embargo, ahora aprovechó y preguntó al número cinco:
- ¿Por qué dices que estoy equivocado?
- Porque las cosas, entre los humanos y sus vidas, no son como piensas. Quizá mañana o pasado o dentro de una semana, te compre alguien. Un estudiante universitario, un profesor, un oficinista, un… Y justo en ese mismo momento empezarás a comprobar que nada es como sueñas. Porque nadie va a dibujar contigo bonitas flores de almendro ni escribirá poesías románticas. Nadie te va a ofrecer cariño ni te dispensará un agradable trato ni te hará su amigo incondicional. Los humanos, casi todos, son egoístas, siempre van a lo suyo y por eso te utilizarán como un mero instrumento.
Se produjo un momento de silencio y Romí, de nuevo aprovechó para preguntar:
- ¿Quién fue tu dueño en la época en que fuiste útil a los humanos?
- A mí me compró y utilizó un profesor de universidad.
- ¡Qué categoría!
Exclamaron a coro todos los allí presentes.
- No tanto, no tanto. Fue un profesor de los que dan clase en la facultad que vemos ahí enfrente.
- ¿Y no recibiste de él buen trato?
Preguntó un poco impaciente Romi.
El bolígrafo número cinco respiró hondo, tomó la palabra y se puso a contar. Y, durante más de hora y media, estuvo hablando sin parar. Narrando despacio y con muchos detalles la experiencia con el que había sido su dueño en los tiempos que valía para escribir. Y, durante todo este tiempo, todos lo escucharon con mucha atención. Y con mucha más atención escucharon las últimas palabras que pronunció el número cinco. Dijo:
- Fue conmigo como ya os he dicho. Me usó para sus cosas y en ningún momento recibí de él ni la más pequeña muestra de cariño. Solo contaba conmigo en el momento en que me necesitaba y luego, horas enteras, noches y días y a veces semanas, me ignoraba. Como si no existiera ni sirviera para nada. Y yo me sentía como un simple objeto. Así que, por todo esto que te he dicho es por lo que pienso que tú, Romi, estás equivocado. Los humanos no se comportarán contigo como sueñas. Todavía no los conoces.
10 – Creer en los propios sueños
Otra vez si hizo un gran silencio. La lluvia caía y la noche iba llegando casi a su centro. Desde su lapicero de lata, Romántico miraba y se dejaba embelesar por el rumor del agua y por el brillo sobre el asfalto. Para sí se decía que, seguro que lo mismo que otras muchas cosas de la vida y del universo, no todos los humanos han de ser iguales. Con la niña de sus sueños a él no podría pasarle lo que le había ocurrido a sus compañeros vacíos. Se decía que una criatura tan bella, tan tierna, tan mágica, de ningún modo podría tener ni un corazón malo ni desacertados comportamientos. Él Creía en sus sueños y por eso le parecía hermosa, muy hermosa, la lluvia quebrándose en el asfalto, en los cristales del escaparate y en las ramas de los árboles. Y le parecía hermoso el canto del mirlo que, a lo lejos y en medio de la oscuridad de la noche, se seguía oyendo.
Quiso, una vez más, comentar estas cosas con los compañeros. Pero seguía pensando que era mejor continuar esperando y dejar que pasara el tiempo. Ya llegaría el momento que tanto, en su soledad, soñaba. Creía firmemente en su sueño y por eso esperaba. Preguntó, una vez más, a los bolígrafos vacíos que le daban compañía:
- ¿En qué se ocupan los humanos a lo largo de una noche como ésta?
El número uno, el amigo de la princesa de los sueños de Romántico, dijo:
- Algunos duermen porque mañana, dentro de un rato, tienen que levantarse para ir al trabajo. La mayoría de los humanos que pueblan el mundo viven casi exclusivamente para comer, dormir y trabajar. Y, algunos, los fines de semana, van a las discotecas o pierden el tiempo delante del televisor viendo partidos de fútbol, corrida de toros, concursos de personas que cuentas sus historias…
- ¿Y todos tienen sueños y luchan por ellos? Y lo pregunto porque yo creo que tener un gran sueño en la vida, es lo más importante de todo. Tener un sueño grande para no perderlo de vista y luchar por él, hora a hora, día a día hasta el último momento. El tiempo gastado en hacer realidad el sueño que soñamos es en lo que mejor podemos emplear nuestra vida.
- Los sueños que sueñan los humanos tampoco son como piensas tú.
Una vez más para sí se dijo que sin un gran sueño en la vida, nada, ni siquiera la vida misma, tiene sentido. Por eso él no podía dejar de pensar en aquella etapa de su existencia donde fue flores de almendro. Y por eso tampoco podía reprimir los nobles sentimientos que se le había desarrollado en aquellos tiempos. Aunque ahora estuviera convertido en bolígrafo, no podía dejar de ser su esencia primera, su verdad más íntima, su realidad cristalina y única. De aquí que pensara tanto en la niña de sus sueños. Dijo, como quien posee la pura verdad:
- La princesa de mis sueños sí es tal como yo me la imagino. Ella es distinta a todos los demás humanos que han vivido y viven en esta tierra. Nunca hubo ni habrá otra tan hermosa, tierna y pura.
11- La universitaria de tez blanca
Ya de madrugada la lluvia amainó. Dejó de oírse el canto del mirlo y la calle empezó a llenarse de coches. Como en todas las ciudades del mundo, al llegar el nuevo día, los coches, los autobuses y los camiones, lo llenaban todo. Y, de este barullo alocado, Romántico y sus compañeros, sabían mucho. Desde la estantería de cristal, tras los cristales del escaparate, se veía todo. Con tanta claridad y tan cerca que suponía para ella una tortura. Tanto ruido sin control, coches y gente, les volvía locos. Por eso Romántico decía:
- No sé cómo podrán vivir en un mundo tan alborotado como éste.
Y, casi todos los días, algunos de los compañeros vacíos, le respondían:
- Tú pídele al cielo que la persona que te compre no sea universitario ni tampoco ninguno de los que pertenece a este tumulto.
Hoy, fue el boli número seis, el que estaba más lejos de Romi, un poco en el rincón de la estantería, el que dijo:
- Yo me acuerdo ahora mismo de la muchacha que me compró y usó durante el tiempo que fui útil.
- ¿Cómo se llamaba?
Preguntó Romi.
- Tiene el nombre del amanecer de los días y la tez de su cara es blanca. Ya te digo, como la más pura luz del Alba.
- ¿Vive en esta ciudad de Granada?
- Estuvo aquí un año aprendiendo idiomas y luego se fue a su país lejano. Lugar inmenso en el Planeta y de tierras blancas, verdes y llanas.
- ¿Era universitaria?
- Lo era y lo sigue siendo.
- ¿Y fue buena contigo o te dejó descontento?
- Yo soñé, en cuanto la vi el primer día, algo que luego no se hizo real. Al verla tan guapa y con el color de su piel tan nívea y suave, imaginé que tendría un corazón lleno de colores y perfumado con todos los aromas de la primavera. Sin que nadie me lo pudiera dejé que en mi alma floreciera un hermoso sueño. Pero enseguida me fui dando cuenta que me utilizaba. Creo que me trataba, como todos los humanos tratan a los bolígrafos, con indiferencia. Sin establecer ni siquiera un lazo de amistad conmigo ni dispensarme otro tipo de trato que el meramente funcional. Alguna vez le oí decir que yo era su amigo y esto me hacía mucha ilusión. Pero luego, sus comportamientos conmigo, no eran como yo esperaba.
- ¿Nunca te dio un poquito de cariño?
- Nada. O quizá sí pero vacío y lleno de interés.
- ¿Y dices que era hermosa?
- Lo era y tanto que solo mirarla remitía a la fina luz de los amaneceres. A la misteriosa belleza de la luz del alba. Fíjate que, mientras ahora mismo la recuerdo, hasta se me quieren saltar las lágrimas. Y no lloro porque a lo mejor me decís que no soy fuerte. Que tengo el corazón blando. Pero, la recuerdo, y el alma entera se me conmueve. ¡Era tan hermosa y yo la he querido tanto!
Hubo un instante de silencio y Romi aprovechó para echar un vistazo a la calle. Por momentos, cada vez aparecían más personas que, a prisa, subían y bajaban. También los coches se amontonaban. Y él sabía que esto era así. Se repetía todos los días y, sobre todo, a la hora en que la facultad abría sus puertas. Este era justo el momento en que, alumnos, profesores y empleados, se amontonaban en la explanada de la entrada. Pero en la calle, el ruido, el tumulto, la algarabía, comenzaba nada más empezar a verse las primeras luces del día. Por eso, la conversación que estaba manteniendo con el boli número seis, era ahora más difícil. El ruido de la calle ahogaba las palabras.
Sin embargo, el número seis siguió comentando:
- Ya veo que te interesa la historia que estoy contando. Mi experiencia con la universitaria de tez blanca.
Dijo Romi:
- De ti y de estos otros compañeros aprendo mucho. Creo que siempre es bueno escuchar a los que hablan con sinceridad. Creo que, por el mero hecho de haber vivido lo que me estáis contando, ya merecéis un respeto. Tenéis mucho que aportar a los que todavía no hemos empezado a caminar. Es muy interesante, por favor, sigue hablando.
Se sintió importante el boli número seis y, por eso, desde su rincón en el extremo de la estantería, dio comienzo a una larga disertación. Empezó a explicar, desde el principio y con detalles, toda su experiencia con la universitaria de tez blanca. Y, durante más de una hora, habló sin parar. Narrando con claridad cada día, cada noche, cada hora en compañía de la muchacha. Y, al final, dijo:
- Como tú ahora, yo soñaba que en algún momento escribiera conmigo cosas bellas.
- ¿Y no lo hizo?
- Un día, un amigo de ella, le regaló un diario en blanco. Un pequeño libro hecho artesanalmente por el amigo mismo. Y al verlo yo pensé que por fin había llegado el momento que tanto esperaba. Porque imaginé que se pondría a escribir conmigo en su diario y, en algún momento, le saldría alguna poesía, algún relato breve y hermoso, alguna frase bella, algún sentimiento sincero… Ya sabes: en los diarios que escriben los jóvenes humanos, a veces, pasan estas cosas. A veces escriben cosas muy bellas, hondas, transcendentes, sinceras… Y yo soñaba que ella, algún día, se pondría y escribiría conmigo en su diario, las más bellas páginas que nunca nadie haya redactado. Porque, tal como te estoy diciendo, verla por fuera, su cara, su pelo, sus manos, su cuerpo, hacía pensar que por dentro estaba llena de la más perfecta de todas las bellezas. Que en su corazón y alma guardaba el más precioso de todos los tesoros. Uno no podía imaginar otra cosa viendo su hermosura exterior.
- ¿Y no sucedió esto?
- Los dos o tres primeros días sí escribió algo en su diario. Nada trascendente ni bello sino todo lo contrario. Que si hoy he ido a clase, que si me encuentro triste, que si no me ha llamado mi amiga… Al día quinto ya no escribió más. Tampoco al otro día ni al otro. Y, una semana más tarde, el diario ya estaba por completo olvidado.
- ¿Y te desanimaste?
- Mucho. Porque lo mismo que le pasó con el diario hizo conmigo. Me dejó olvidado en un rincón de la mesa de su cuarto y esto fue la muerte para mí.
Romi miraba de reojo. Pendiente de encontrar un momento para interrumpir al número seis. Mientras éste hablaba, Romi se había dado cuenta de algo. Por eso quería hablar y preguntar. Y, cuanto más contaba el número seis, más aumentaba la necesidad de Romi. Por eso ya no era una sola pregunta sino dos las que tenía necesidad de hacer. Y por eso, según se acercaba el momento en que la muchacha de la tienda llegara y abriera al público, la necesidad de preguntar aumentaba.
Fuera de la estantería de la tienda, en la calle, la ciudad bullía. Con la luz del nuevo día todo se iba perfilando. Y con el cese de la lluvia las nubes en el cielo se abrían. Tanto que parecía presentarse un bonito día de primavera. Sin frío ninguno, con olor a humedad, con las hojas de las plantas lavadas y con bandadas de gorriones gorgojeando en los tejados y ramas de los árboles. A la mente de Romi acudía, una y otra vez, en forma de fantasía o sueño, la imagen de su niña princesa. Y también la figura del anciano de las fotos de flores de almendro. Por eso, a las dos preguntas que deseaba hacer al número seis, se sumaban dos nuevas.
Y se presentó el momento. El número seis hizo una pausa para mirar a la calle y observar lo que por ahí ocurría y Romi aprovechó para preguntar:
- ¿Cómo fue el final de tu vida con la universitaria de tez blanca?
- Quería hablarte de ello para que conozca la historia completa.
Hacía Romi esta pregunta porque, de reojo había mirado y había descubierto algo extraño en el número seis. Por eso dijo:
- Es que me he dado cuenta que tú todavía tienes tinta. Parece que aun no estás vacío por completo.
Se le escapó un suspiro al número seis y luego siguió mirando. También miró a sus compañeros y a Romi y dijo:
- Un día ella vino a esta tienda. Necesitaba hacer fotocopias de un trabajo de italiano. Porque estudiaba idiomas en la Facultad de Traducción de Granada. Sobre el mostrador dejó sus libros y apuntes y, en el bolso, me buscó a mí para hacer unas cuentas. Me usó un momento y luego me dejó encima del mostrador. Cuando le dieron las fotocopias pagó, recogió sus libros y apuntes y se fue. Ni siquiera se dio cuenta que, sobre este mostrador, me dejaba olvidado. Quise gritar para advertírselo pero no pude. También tú te habrás dado cuenta ya que nosotros los bolígrafos, a pesar de ser útiles instrumentos con los que los humanos expresan sus cosas, no podemos hablar con ellos. Estamos condenados a que hagan con nosotros lo que les apetezca sin que podamos opinar o sugerir.
El número seis ahora ya si lloraba tristemente. Porque sí, los bolígrafos, a su manera, sienten y lloran porque tienen corazón. Le preguntó Romi:
- ¿Es que la recuerdas?
- ¡Mucho! A pesar de que conmigo no escribió cosas bellas, yo creía y creo en ella. Porque llegué a descubrir que, en lo más hondo de su corazón, tiene un pequeño tesoro oculto. Es como una niña inocente, cuajada de rebeldía y de sueños fabulosos, pero débil, muy débil. Bastante desorientada pero mucho más débil que la princesa de tus sueños.
- ¿Y por eso no has perdido la esperanza?
- Me paso el día mirando a la puerta de esta tienda esperando verla entrar en cualquier momento. Y también me paso el día queriendo hablar con la muchacha de las fotocopias para pedirle que la busque o que la llame. Creo que yo todavía puedo serle útil. Por eso no he perdido la esperanza. Sueño y espero que algún día vuelva. Me gustaría que escribiera conmigo algún pequeño libro bello, donde reflejara la hermosura de su corazón. Sé que puede hacerlo y por eso creo en ella y la espero.
Se hizo el silencio de nuevo. Desde su lapicero de lata Romi miraba al número seis y sintió por él un aprecio especial. Se le había enternecido el corazón y ahora deseaba hacer algo para ayudarle. Realmente le había enternecido la historia que le estaba contando el número seis. Y, se disponía a decirle algo cuando se le adelantó el de la historia de la muchacha de tez blanca. Sumido en el recuerdo de ella y con una cierta melancolía, dijo:
- ¿Sabes? En la vida, en la tuya, en la mía y en la de cada humano, lo más importante de todo es amar. Y amar sin esperar a cambio nada sino porque uno cree que eso es lo que se merece el amigo, es lo que de verdad importa. Todo nace, se desarrolla y muere pero los sueños puros, los sinceros sentimientos, son y permanecen siempre. Pertenecen al corazón eterno del Universo, a la verdad suprema.
12- El pacto de Romi
Se abrió la puerta de la librería. Apareció la joven dependienta y, todos los bolígrafos, desde la estantería, la saludaron. A su modo y usando ese lenguaje que las cosas tienen y desconocemos los humanos. Ella ni siquiera dio los buenos días. Romi la saludó de una forma especial y, un día más, le pedía que no lo vendiera a nadie que no fuera la niña de sus sueños o el anciano de las fotos de flores de almendros. Pero la muchacha de la tienda no fue consciente de nada de lo que le decía el bolígrafo. Ella no sabía otro idioma que el propio de los humanos, el ruido de las máquinas de fotocopias, la algarabía de la calle y el de los motores de los coches subiendo la cuesta.
En el rincón apartado el boli número seis guardó silencio. También los demás vacíos. Se dijo para si, mientras soñaba con su antigua dueña: “Si hoy volviera y de nuevo me llevara con ella, qué gran día sería para mí”. Romi sí captó y comprendió este sentimiento en forma de sueño traspasado de un cierto dolor. Por eso y, antes de que la muchacha pusiera en marcha las máquinas, dijo al número seis:
- Quiero hacer un pacto contigo.
Algo sorprendido preguntó el seis:
- ¿En qué pacto estás pensando?
- Es algo muy sencillo pero que, a los dos, puede darnos un buen resultado.
- Ya sabes que yo solo quiero volver otra vez con ella. Deseo tener la oportunidad de demostrarle qué siento, ofreciéndole una obra pequeña y bella. Quiero hacer algo por mi antigua dueña para ayudarle a descubrir la verdad en la que creo. ¡Es tan buena y se merece tanto! ¡Y es tan débil a pesar de aparentar lo contrario!
Romí guardó un minuto de silencio mientras miraba a la muchacha de la tienda. Seguía con interés todos sus movimientos. Pensando siempre que, cuando menos lo esperara, podría acercarse a la estantería y cogerlo para venderlo. Preguntó el número seis:
- Pero me interesa lo que has dicho. ¿Cuál es el pacto?
- Si me venden a la niña que tanto sueño, en agradecimiento y para hacer feliz a esta criatura, hablaré con ella para que me ayude a encontrar tu dueña.
Se quedó pensativo el número seis. Le parecía buena la idea pero existía una gran barrera. Se dijo que sería muy difícil llevar a cabo una empresa como ésta. Por eso preguntó:
- ¿Y con qué lenguaje hablarás con la niña de tus sueños?
- Estoy seguro que mi princesa, además de ser sensible y cariñosa, sabrá todos los idiomas del mundo. Las personas que saben ver la bellaza que hay en las flores de los almendros, están preparas para hablar el idioma universal. Mi princesa, una niña de corazón puro y de cara suave como la brisa de primavera, seguro que sabrá leer en mi corazón. Por eso, para ella, hablar con un bolígrafo, será lo más fácil del mundo. Lo mismo que también sabrá dibujar flores de almendro y sabrá ser amiga de las mariposas, de la lluvia y de la hierba. La niña de mis sueños yo sé que será la más encantadora y la más inteligente. Estoy seguro que ella es la criatura más perfecta que nunca hubo entre los humanos. Así que no te preocupes. Desde ahora mismo hago pacto contigo para dedicarme con todas mis fuerzas a buscar tu antigua dueña.
13- El Anciano del cortijo del Laurel
Al mirar para la calle, a través de los cristales del escaparate, Romi los vio pasar. Bajando por la acera hacia el centro de la ciudad. No iban solos sino en compañía de un hermoso borriquillo, no muy grande y color plata alba. Y, nada más verlos, se le escapó un suspiro. Meditó un momento y luego dijo:
- ¡Mirad por donde van!
Los demás bolígrafos miraron y también guardaron silencio unos minutos. Solo el número uno aclaró:
- Sí, no te pongas nervioso. Ella es la niña de tus sueños y él es el anciano de las fotos de almendro.
Romi preguntó:
- ¿Y con un borriquillo a estas horas del día y por las calles de la ciudad?
- No hace muchos años, por las calles de esta ciudad de Granada, iban y venían borriquillos como éste. Los dueños vendían agua, leña, carbón, nieve, frutas… Pero quiero explicarte.
Y el número uno tomó la palabra y habló durante largo rato. Mientras en la tienda iban entrando los primeros universitarios a hacer fotocopias y por la calle bajaban y subían cada vez más personas y con más prisa. Y explicó con mucho detalles y con calma bastantes cosas. Las que él creía más importantes de cuanto sabía del anciano. Y, antes de finalizar, dijo:
- Al norte de esta ciudad, en un rincón muy hermoso entre montañas, es donde se encuentra el Cortijo de la Viña. Es aquí donde vive el anciano, el amigo de la niña de tus sueños.
- ¿También la conoces?
- La conozco bastante y desde hace tiempo.
- Puedes explicarme, por favor.
Se puso y, con calma y muy seguro de sí, el número uno siguió diciendo:
- Hace ya tiempo, un par de años o más, me compró a mí un hombre bajito y calvo. No fue en esta librería sino en la pequeña que hay en el barrio blanco, al norte de la ciudad. ¿Y sabes quién era este hombre?
- Claro que no lo sé.
- Un poeta romántico y solitario que vivía cerca del Cortijo de la Viña. En la solana de enfrente, poblada de romeros, madroños, almendros y pinos. Ahí, junto a un manantial, tenía él un pequeño cortijo donde se pasaba los días y las noches en soledad. Solo le daba compañía un perro mastín, algunos árboles frutales en su huerto, el manantial con el que regaba las tierras, un montón de cuadernos, muchos de ellos en blanco y otros escritos y un sencillo bolígrafo. Ese era yo.
Desde el día en que me compró no me separó nunca de él. En todo momento me llevaba consigo y, sentado frente al río, al caer las tardes o frente a las montañas, por las mañanas, escribía conmigo en sus cuadernos. De todo lo que por su corazón pasaba y de todo cuanto soñaba. Y era tanto y tan bello lo que escribía que yo creo que, al menos tres cuadernos, rellenó conmigo. Cosas todas muy hermosas que seguro serán importantes algún día para los humanos.
Aprovechando que el número uno hizo una pausa intervino Romi y preguntó:
- ¿Y te sientes orgulloso de haber sido usado por él?
- Más que orgulloso me siento muy honrado de haber tenido un dueño tan humano, humilde, sincero y culto.
- ¿Y no tenía más amigos?
- Solo a mí, sus cuadernos, su perro mastín, el borriquillo alba plata que hace un momento hemos visto, el dueño de este borriquillo y a la niña mágica que tanto sueñas.
- ¿Solo compartía la vida con ellos, contigo y sus cuadernos?
- Y lo más importante de su vida, en aquellos días, eran las cosas que ya te he dicho.
- ¿Cómo fue tu final y el suyo?
Por un momento otra vez se hizo el silencio. Romi miraba para la calle esperando que de nuevo apareciera el borriquillo con el anciano y la niña que hacía unos momentos habían visto. Y soñando que, si volvían, al pasar entraran a la tienda y la niña lo comprara para llevárselo con ella. A la pregunta que Romi había hecho el número uno contestó:
- Mi final con el Anciano del cortijo del Laurel te lo contaré dentro de un rato. Aunque ya te adelanto que ha sido tan digno que merece todo un libro. Me siento tan orgulloso que puedo afirma que nunca en este mundo un bolígrafo tenga mejor suerte que la mía.
- ¿Recuerdas algunos de los fragmentos que el Anciano escribió contigo en sus cuadernos?
- Los recuerdo todos.
- ¿Uno en concreto?
Meditó unos segundo el número uno. Dejó que Romi siguiera mirando por si aparecían los que ahora deseaba. Y, con solemnidad aclaró:
- Sí, te cuento una de las muchas páginas que él ha dejado escritas en sus cuadernos. La recuerdo con toda claridad:
“No tardarán mucho, Sinombre, en florecer los almendros. Por eso la niña nuestra me decía el otro día:
- Gelena, una de mis tres tan buenas amigas, me ha preguntado varias veces que cuando florecerán los almendros. Ella lo está esperando porque allí en su tierra no crecen estos árboles. Y, como ahora vive en esta tierra nuestra, quiere verlos florecidos. ¿La llevaremos nosotros algún día a nuestros almendros para que disfrute de este espectáculo?
Tampoco le respondí a nuestra niña. Y no lo hice por dos cosas: donde vive ahora Gelena y sus dos amigas, hay almendros. Justo por detrás del edificio viejo de la cartuja. Desde su ventana pueden verlos y oler sus flores. ¿No te acuerdas del año pasado y el anterior? Siempre que te llevaba por estos sitios nos lo pasábamos bien jugando con las flores de los almendros. ¿A que recuerdas aquel día de la lluvia de pétalos y tú retozando como un díscolo pollinillo? ¡Qué momentos! Y muchas veces nos encontrábamos con algún niño que te miraba y quería venirse contigo. También encontrábamos personas mayores paseando perros pero estos no eran tan divertidos. Pero los niños y las personas mayores y los perros urbanícolas se entretenían mucho corriendo por la hierba y con la floración de los almendros. Por eso a ellos les gustaba y les sigue gustando mucho venir a pasearse por aquí. Para verlos, coger sus flores y olerlas y luego llevárselas en sus manos como recuerdos. ¡Cuánto les gusta a los niños, a las personas mayores, a los perros y a ti, ver las flores blancas y frescas de los almendros! Lo mismo que a Gelena y a Valeria y por eso se lo han dicho a la niña nuestra. ¿Qué haremos nosotros, este año y en esta primavera, para que ellas vivan una bonita experiencia y cuando se vayan, nos recuerden alguna vez entre flores?
Te decía que también tienen ellas almendros por el lado de arriba de su residencia. Por ese sitio que nosotros llamamos “El Puntal de los Almendros.” Es uno de los rincones que nos pertenecen y por donde, en ocasiones, nos vamos. Por este puntal ¿te acuerdes? También hace dos año jugábamos. Cuando teníamos a la Princesa y creíamos en aquellos sueños. ¿A que ahora lo recuerdas? Pues eso: que dentro de unos días ya verás tú cuantas flores cuelgan de las ramas de estos árboles. Estamos en febrero, ya casi en la mitad, y esto es como decir que la primavera llega. ¡La primavera…! ¿Qué nos traerá este año?
Pero almendros, para disfrutarlos cubiertos de flores de colores, también hay en muchos rincones de Granada. Por el Sacromonte y el barrio del Albaicín, por el río Genil, por Güejar Sierra, por muchas laderas de Sierra Nevada y las Alpujarras y por el Cerro de la Viña y por las tierras de nuestro cortijo. Por todos estos lugares crecen bien los almendros y por más territorios aun. Así que a Gelena y a Valeria ¿a dónde crees tú que debiéramos llevarlas para que vean la florescencia de los almendros? Yo no lo tengo claro y por eso no le respondí a la niña cuando me preguntó. Porque tampoco sé cual sería la manera más correcta y luminosa de enseñarles estas cosas a ellas. Son personas muy sensibles, ya te lo dije, a la belleza. Y esto hay que tenerlo en cuenta para ayudarles a crecer en lo bueno y despertarle el gusto por las flores y la hierba”.
14- Algarabía en la tienda
La librería se iba llenado de estudiantes universitarios. Entre sí charlaban y comentaban y, era tanto la algarabía, que el silencio desapareció por completo. También desapareció la paz y tranquilidad. Las máquinas de fotocopias ya trabajaban a todo gas. Con el ritmo de la vida acelerada en la calle y en toda la ciudad. Y todo este barullo se mezclaba con el bullicio de los estudiantes y el ruido de los coches que rodaban por la calle. Tanto era que, el número uno, dijo a Romi:
- Luego seguimos charlando porque ahora mismo, ya estás comprobando. Nos han quitado la paz y nos han roto el silencio.
Alzando la voz para que se oyera Romi preguntó:
- ¿Y sabe dibujar flores de almendro la niña del Cortijo de la Viña?
- Cuando se vayan estos estudiantes y haya un poco de silencio te sigo contando.
Fuera, en la calle, el sol de la mañana ya resplandecía. En el cielo las nubes se habían abierto y allá, en el horizonte, el azul de fondo era purísimo. Desde el escaparate de la librería, al final de la calle y arriba, se veían las montañas, al norte de Granada. Y, por encima de estas montañas, el sol resplandecía por entre unas cuantas nubes blancas y el azul del cielo. Por eso la ciudad entera parecía relucir iluminada con una luz mágica. Dijo Romi:
- Si no fuera por estos amaneceres tan bellos qué absurda sería mi vida en esta estantería.
Ni el número uno ni los demás bolígrafos dijeron nada. Miraban, lo mismo que Romi, a la claridad del nuevo día que restallaba sobre la ciudad y se mantenían en silencio.
Sin embargo, Romi de nuevo preguntó:
- La niña del Cortijo de la Viña ¿te habló alguna vez del tiempo?
- No entiendo tu pregunta.
- Sí, quiero decir si ella soñaba con volar como las aves o en viajar en el tiempo. Porque esto es algo que yo lo he soñado muchas veces. Y quisiera compartirlo con ella cuando sea amiga mía.
El número uno quiso contestar pero lo disuadió la algarabía de los estudiantes. Por eso, una vez más, dijo:
- Te contaré después.
15- No todos los humanos son buenos
Pasó un buen rato y todos los bolígrafos se mantuvieron en silencio. Agobiados por el ruido dentro de la tienda y en la calle. Pero el número dos, al final se dirigió a Romi y le preguntó:
- ¿Y si luego las cosas no te salen como ahora sueñas?
- ¿Por qué me haces esta pregunta?
- Tengo que contarte algo pero habla primero tú.
- Mi deseo, mi gran sueño, es solo ofrecer y dar cariño a todos los que se encuentren conmigo. Me gustaría tener muchos amigos precisamente para hacerlos partícipes de las buenas cosas que conmigo llevo. ¿Qué persona humana puede no querer que le quieran?
- Pues entre los humanos muchas veces sucede esto. Que tú los quieres, que eres bueno con ellos, que les ofreces respeto, bondad, libertad, sincero cariño sin pedir nada a cambio y te devuelven indiferencia, frialdad, lejanía… Lo sé por experiencia porque a mí me ha pasado más de una vez y ha sido siempre entre los jóvenes. Quizá no lo entiendas como tampoco nunca lo he podido entender yo pero las cosas han sido así. Y, por más que luché para que vieran mis buenos deseos y me comprendieran, me siguieron rechazando fríamente. Por eso quiero advertirte: tu sueño podría, un día, tropezarse con esta cruda realidad humana.
Romi reflexionó un momento y luego comentó:
- ¿Pues sabes lo que te digo?
- Puedo intuirlo pero habla y así te desahogas. ¿Qué quieres decirme?
- Que por su parte, aquella persona o personas que rechacen el hermoso sueño que le ofrezco, cometen un error. No aceptar el caudal de amor que hay en mi corazón y el río de ternura que en mí llevo, será una gran equivocación por su parte. Porque yo solo quiero, como ya lo he dicho, ser un buen amigo, hacerle saber que en mí tiene todo el respeto y la comprensión del mundo. Así que si me rechazan se perderán la mejor oportunidad de su vida.
- Y yo lo entiendo pero es bueno que sepas que entre los humanos hay personas que se comportan de la manera que te digo. Y, cuando te encuentres con ellos, seguro que te pasará lo mismo que me ha pasado a mí. Que no comprenderás por qué son fríos y lejanos contigo. Y por eso pienso que estos humanos no son buenos o que en el fondo son egoístas o desconfiados o raros. Pero, como tengas la mala suerte de encontrarte en la vida personas como estas, estás perdido. Nada podrás hacer por más que lo intentes. Aunque insistas y sufras y te preocupes y hagas esfuerzos para que vean la bondad y belleza de tus intenciones.
De nuevo reflexionó un minuto Romi y luego dijo:
- a pesar de lo que comentas yo nunca creeré que entre los humanos haya personas así. ¡Es tanto y tan bello lo que en mi corazón quiero ofrecerles! Por eso te repito que si me rechazan será malo para la persona que lo haga.
- Pero también yo te repito que no seas inconsciente. Hay muchos que se comportarán contigo del modo en que te he dicho. Los conozco y sé sus nombres y apellidos. Así que ten cuidado con lo que sueñas y mira bien en el corazón de las personas que se te acerquen. A lo mejor tienes mala suerte y te hacen daño.
16- ¿A dónde van los bolígrafos vacíos?
Se abrió la puerta de la tienda y entró el dueño. Un hombre de mediana edad, de estatura baja y pelo negro. Pasó por entre los estudiantes que hacían fotocopias, rodeó el mostrador y saludó a la dependienta. La muchacha le correspondió y, éste sin más, le dijo:
- La estantería donde están esos bolígrafos vacíos la necesito. Hay que poner ahí una oferta que me han traído.
No dijo nada la muchacha. Sí miró a la estantería y vio, en su lapicero de lata, el único bolígrafo que aun quedaba por vender. Era Romi que, asustado y con frío, temblaba con el aliento contenido. Oyó como otra vez dijo el dueño:
- Así que cuando tengas un rato coge y tira a la papelera estos bolígrafos vacíos. Están ocupando espacio y ya no sirven para nada.
Siguió la joven sin decir nada. Atendía a uno de los estudiantes que la había pedido fotocopias.
El dueño pasó al fondo de la tienda y, en un sencillo despacho, se sentó frente al ordenador. En la estantería, los bolígrafos vacíos, temblaban más que Romi. El número uno dijo:
- Van a tirarnos. ¿A dónde iremos y qué será de nosotros?
- Es el fin de nuestra experiencia entre los humanos.
Dijo el número dos. El siguiente, que era el número tres, añadió:
- Lo mismo que un día dejamos de ser útiles a los que nos compraron ahora ya se acaba nuestra vida en esta tierra.
Y, mirando de frente a Romi, con solemnidad, pronunció estas palabras:
- ¿Sabes? Nosotros lo hemos dado todo. Y, porque lo hemos dado todo, generosamente y sin reservas, nos vemos ahora aquí en estas condiciones. Vacíos y sin utilidad para los humanos. Y por eso, de ellos, ignorados. Sin recibir una pizca de cariño y eso duele mucho. Se lo hemos dado todo, hasta la última gota de nuestra tinta. Hasta quedarnos por completo secos y mira como acabamos ahora. ¡Son injustos los humanos!
El número cuatro, mirando a Romi, también dijo:
- Nos tendremos que ir despidiendo. Esto se acaba. Todo lo que hemos hablado y todo lo que soñamos aquí termina.
Preguntó Romi:
- ¿Y qué será de vosotros a partir de ahora?
- De nosotros y de ti. Porque seguro que a ti también te quitarán de ahí. Estás solo y vales poco. No eres ni siquiera un bolígrafo lujoso. Para el dueño de esta tienda casi no tienes importancia. Aunque te vendan ¿Qué van a ganar contigo? ¿Diez céntimos? Los humanos, casi todos miran las cosas nada más que desde el punto de vista del valor monetario. Si no vales mucho no mostrarán gran interés por ti. Y hablo del valor material y no del que llevas en tu interior.
- Pero yo lo siento más por vosotros. Como bien habéis dicho, ya nadie os quiere para nada. Aun valéis menos que yo. Vuestro destino es la basura y de ahí ¿a dónde vais? ¿A dónde van los bolígrafos vacíos cuando ya los humanos lo desechan? ¿A dónde van todas las cosas que ellos cada día usan y luego tiran? ¿A dónde van estos humanos cuando ya por fin también mueren?
Desde su lugar en el escaparate de la tienda Romi miraba para la calle. Escudriñando la acera por el lado en que, momentos antes, habían visto al borriquillo con el anciano y la niña de sus sueños. El miedo ahora se le había colado hasta lo más hondo de su ser porque sabía que el tiempo se le acababa. Se decía y decía a sus compañeros:
- Quiera el cielo que venga pronto y entre en esta tienda y me compre. Que permita el cielo esto porque si no, todos estamos perdidos.
Los bolígrafos vacíos lo escuchaban y miraban a la dependienta y también temblaban. Sabían, como Romi, que el tiempo llegaba a su fin. Ya no tendrían ninguna otra oportunidad de volver al mundo de los humanos para hacer algo en favor de la belleza, del amor y de la libertad. Y Romi también era consciente de esto.
Por eso, desde su lugar en la estantería, no paraba de mirarlos con cariño y les decía:
- No perded la esperanza. Si tenemos suerte y la niña de mis sueños vuelve y me lleva con ella quizá pueda salvaros. Quiero salvaros!
- ¿Y de qué modo podrás hacer algo por nosotros?
- No lo sé ahora mismo pero lo que sí tengo claro es que sois mis amigos. Y tenéis razón en las cosas que me habéis dicho. Acabáis vuestras vidas, os vais de este mundo desengañados de los humanos y con vuestros sueños destrozados. Como unos pobres objetos sin valor ninguno. Pero debo daros ánimo. Yo voy a buscar la manera de hablar con la princesa de mis sueños para que os rescate y os lleve a su Cortijo de la Viña. Y, a partir de ese momento ¿sabéis qué es lo que más quisiera?
Se hizo el silencio mientras en la tienda la algarabía era cada vez más intensa. Ya habían abierto las puertas de la facultad y por eso los estudiantes formaban grandes grupos y colas. Tanto en la puerta de la facultad como en la calle, en las aceras y dentro de la tienda. La dependienta no paraba. Ni siquiera le quedaba tiempo para intercambiar cuatro palabras con los jóvenes que le pendían fotocopias. Y Romi sabía que esta bulla y ritmo no terminaría en toda la mañana. Tiempo suficiente para que la niña de sus sueños volviera y lo comprara. Preguntó el número tres de los bolígrafos vacíos:
- ¿Qué es lo que más quisieras en estos momentos?
17- Todos merecemos dignidad
Romi dijo:
- Lo prometido es deuda. Voy a cumplir mi palabra. En cuanto la niña de mis sueños venga y me compre y me lleve con ella, lo primero que haré es pedirle que me lleve a la ladera del río. Sí, a esas laderas del río que atraviesa las tierras del Cortijo de la Viña. Y allí, en su compañía, y en la del dueño del borriquillo, le hablaré de vosotros. Le diré que, lo mismo que yo, habéis soñado un bonito sueño y que ahora estáis con vuestro interior vacío y a punto de ser arrojados a la basura. Y, en cuanto me pregunte:
- ¿Qué sueño es el que han soñado?
Le diré:
- Ya sabes: todos queremos hacer algo especial en esta vida y todos queremos ser reconocidos por aquellos a los que hemos amado. Ellos quisieron escribir un bonito libro para ofrecer un especial regalo a sus dueños. Para que su memoria y las de sus dueños queden perpetúa entre los humanos. Quisieron ser amigos, muy buenos amigos de todas las personas que conocieron y ni lo primero ni lo segundo han conseguido. Este era su sueño. Por eso se van de este mundo sin dignidad y fracasados.
Se les acaba las horas en esta tierra y lo único que se llevan es desengaños. Creen que en el corazón de las personas no hay amor y que las personas en sí no son demasiado inteligentes. Por eso uno piensa que todas las chicas de tez blanca y manos delicadas, son frías y distantes. Otro cree que todos los chicos universitarios, son unos borrachos. Uno más de estos amigos míos también piensa que todas las muchachas extranjeras, universitarias o no, son desagradecidas y carecen de buenos modales. Y uno más también se va decepcionado de los profesores universitarios. Y es que estos amigos míos han tenido muy mala experiencias con las personas que lo han usado. Están desengañados de los humanos y, ya sabes, cada cual cuenta de la vida, de las personas y de las cosas, según la experiencia propia.
Y, al oír esto, seguro que ella me preguntará:
- ¿Y qué puedo hacer yo para remediar la mala suerte de tus amigos?
Y le seguiré aclarando:
- Tú, como la más hermosa de todas las criaturas humanas y la de corazón más puro y noble, sabes que es muy triste irse de esta vida fracasado. Lo más triste del mundo es acabar los días sin haber dejado obras buenas. Sin que quede, para siempre en esta tierra, tres o cuatro cosas buenas que nos recuerden siempre y que sirvan para que los demás sean mejores. Mis amigos no lo han conseguido y por eso se sienten frustrados. Y, además, mis amigos ni siquiera le han dado dignidad a sus dueños. Ya te he dicho que ellos hubieran querido, como lo deseo yo y tú, haber ofrecido a sus dueños el mejor de todos los regalos. Porque, a pesar de todo, creen que sus dueños se lo merecen. Todas las personas humanas merecen ser amadas y que alguien haga cosas por ellos.
Y seguro que, mi princesa bella, la más inteligente y cariñosa de cuantas mujeres hayan existido nunca, me preguntará:
- Está muy bien todo lo que dices y me alegro que se te conmueva el corazón y quieras ayudarles. Nadie debe irse de este mundo sin haber dejado una buena obra tras de si. Eso es cierto. Y, aunque tus amigos no hayan tenido la oportunidad, lo han soñado y lo han querido. Eso debe ser reconocido y valorado. Tampoco nadie ni nada merece irse de este mundo sintiéndose fracasado. Pero dime ¿de qué modo puedo ayudar a tus amigos?
Y allí, sentados en la ladera del río, al calorcito de sus delicadas manos, sintiéndome reconfortado por la ternura de su corazón, entre el perfume de las flores de almendros, arropados por el azul purísimo del cielo y acariciados por la suavidad del vientecillo, muy claramente le diré:
18- Hay que ayudar a los amigos
- Lo primero que tenemos que hacer es ir a rescatar a mis amigos. Y tiene que ser rápido porque la muchacha de la tienda puede tirarlos a la papelera en cualquier momento.
Y estoy seguro que mi princesa, la niña más buena y sensible del mundo, enseguida me preguntará:
- Pero tus amigos solo son cuatro bolígrafos vacíos. ¿Qué hago luego con ellos?
- Eso es verdad. Yo también soy consciente que cuatro bolígrafos corrientes y sin tinta no sirven para mucho. Igual me pasará a mí cuando me gastes tú dibujando flores del almendro o tu amigo escribiendo poesías en su cuaderno. Pero ellos son mis amigos. Me han contado sus cosas, han confiando en mí, han estado a mi lado, me han dado su apoyo, han compartido tardes, noches y mañanas conmigo en la estantería de la librería y me han hablado de ti, de tu amigo el del borriquillo de plata y de este Cortijo de la Viña. Ellos son mis amigos y yo quiero ayudarles. Y acudo a ti porque eres para mí la princesa de sueños. Sé que tu corazón es puro y sé que en tu alma no hay nada más que amor para todo el mundo. Por eso en ti tengo puestas todas mis esperanzas. Y vivo ilusionado pensando que los dos juntos podremos hacer grandes cosas y transformar mucho este mundo.
¿Sabes, princesa mía? Uno de estos bolígrafos vacío un día me dijo que Buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro. Me gustó mucho esta frase y por eso le pregunté. Y me aclaró que fue pronunciada, hace mucho tiempo, por uno de los más grandes filósofos de la historia, Platón. Yo creo que esta frase encierra una gran verdad y por eso creo también en mi sueño. Cuando uno es amigo de sí mismo, lo es también de todo el mundo.
De nuevo mi princesa guardará un minuto de silencio. Para tomarse un poco de tiempo y meditar mis palabras. Y para llenarse de fuerzas y ponerse mano a la aventura que le estoy pidiendo. Por eso otra vez me preguntará:
- Y cuando ya tenga a tus amigos conmigo ¿dónde los guardo?
- También de eso me encargo yo. Tengo un plan perfecto. Pero ahora, vamos corriendo a rescatarlos, antes de que los tiren a la basura. Luego te sigo contando.
¿Y sabéis vosotros qué es lo que tengo pensado decirle?
Los bolígrafos vacíos en la estantería de cristal, miraban embelesados a Romi. No salían de su asombro escuchando el relato que les estaba desgranando. Todos se habían hecho ya una idea de lo que estaban oyendo. Y por eso, entre sí y muy bajito, alguno decía:
- Este Romi es un romántico. Su fantasía no tiene límite y por eso se parece a Don Quijote. ¡Mira que pensar que puede hacerse real lo que nos está contando!
- Estoy contigo. Porque ¿dónde está la princesa de sus sueños para que venga a rescatarnos?
Pero Romi, no oía lo que entre sí murmuraban sus amigos. Siguió hablando con ellos y les decía:
- Le diré que, cuando ya os hayamos rescatado, os llevaremos con nosotros al Cortijo de la Viña. Y, junto a los cuadernos del Anciano del cortijo del Laurel, le pediré que os guarde. Y luego le pediré que su amigo, el dueño del borriquillo de plata, se ponga y escriba conmigo, vuestra historia. Sí, un libro sencillo y no muy largo pero bello y hondo. Para que así de esta manera vuestra memoria quede escrita para siempre en esta tierra. Y para que también de este modo tengáis algo que ofrecer a vuestros antiguos dueños. Que vean que los recordáis y sois nobles con ellos. Quizá de este modo se den cuenta que le habéis sido fieles y que, hasta en el último momento, le habéis dado lo mejor de vosotros. Y que, por vuestra parte, habéis hecho todo lo posible para honrarlos con la más sincera de todas las noblezas.
Sí, no os sorprendáis. Me interesa mucho que cada uno de vosotros, tengáis la oportunidad de demostrar a vuestros dueños la belleza del corazón. Aunque ellos no sean agradecidos y os hayan tratado con indiferencia. ¿Sabéis? Ofrecer buenas obras y dejar para la posteridad la memoria de las personas que queremos, es la hazaña más noble de todas. Por eso tengo tanto interés en que mi princesa dibuje conmigo las más delicadas flores de almendro. Desde el momento en que esté entre sus manos, le entregaré generosamente dota mi tinta. Y la iré guiando para que de sus manos y corazón salgan los dibujos más bonito que nunca consiguió ser humano. Y también le ayudaré para que escriba, ella y su amigo el dueño del borriquillo, los renglones más hermosos que se hayan escrito nunca. Quiero sentirme orgulloso de mi princesa y quiero que ella llegue un día a ser la más famosa entre todas las niñas de esta tierra. Lo daré todo por ella sin reservas porque es la mejor, la más pura, la más sincera, la más educada, la más dulce y tierna. Tanto que ya estáis viendo: una vez y otra sueño con ella y el corazón se me deshace en cuanto la nombro.
Se hizo otra vez el silencio. Los bolígrafos amigos de Romi, habían escuchado muy atentos. A todos se les iba llenando de emociones el corazón. Por eso el número uno dijo:
- No cabe duda que la tuya es la fantasía más extraña que se haya dado nunca en esta tierra. Pero al menos yo, tengo que reconocer que tienes un corazón de oro. Eres generoso como nadie y tu sueño es lo más noble que nunca humano haya imaginado. Y, sobre todo, me gusta mucho la idea de ofrecer a nuestros antiguos dueños, una sincera muestra de amor. Para que vean ellos que son dignos y que merecen lo mejor de cuanto nosotros tenemos. Dándoles nuestro sincero cariño seguro que los animamos a que sean mejores. Y si logramos que sus corazones se abran a la belleza, el mundo entero será mejor y mucho más hermoso. El amor es lo más grande de todo y nada tiene valor ni es bello sin la presencia del amor.
19- Nunca hay que perder la esperanza
La mañana iba avanzando y en la tienda cada vez entraban más estudiantes. La dependienta no paraba ni un minuto. Y por eso, ni siquiera prestaba atención a la estantería. Pero en la estantería de cristal, los bolígrafos miraban mientras charlaban entre sí. Tanto Romi como sus amigos, inquietos seguían cada movimiento de la dependienta. Y, haciendo algún paréntesis en la conversación que entre sí tenían, primero uno y luego otro, comentaban:
- En cualquier momento puede acercarse hasta nosotros y cogernos y tirarnos a la papelera.
- Y si no lo hace a la largo de la mañana, porque los estudiantes no la dejan ni respirar, ya veréis vosotros como al mediodía, cuando cierra para irse a comer, nos coge y nos tira.
Esto y otras cosas comentaban entre sí mientras también prestaban atención a todo el que entraba a la tienda. Por eso el número dos, en unos de estos momentos, comentó:
- Ojalá y antes de que la dependienta nos eche a la basura, aparezcan por aquí las muchachas que vimos ayer. Al menos tendré la dicha de verlas por última vez. Porque otra cosa no espero aunque en mi corazón sí que lo he soñado.
Enseguida Romi preguntó:
- ¿Y qué es lo que has soñado en tu corazón?
- Que lo mismo que tú, me hubiera gustado haber llegado a ser el mejor amigo de estas muchachas. Mis ojos las ven tan bellas que ser amigas de ellas hubiera sido para mí la más grande de las dichas.
El bolígrafo número seis, interrumpió la conversación de los que hablaban y dijo:
- Lo mismo que a vosotros, a mí también me gustaría que ahora mismo entrara a esta tienda la que fue mi antigua dueña.
Mirándolo fijamente Romi también le dijo:
- A veces ocurren milagros. No perdamos la esperanza. Nunca hay que perder la esperanza. Yo siempre he oído decir que el que cree en su sueño y lo sigue al final lo consigue.
- Yo tengo la esperanza por completo perdida. Ella, la muchacha de tez blanca y corazón de miel, la que me hizo sentir la vida con una fuerza especial cada vez que me cogía para escribir conmigo, ya no vive en esta ciudad. Hace tiempo que se marchó a su país, al otro extremo del mundo, y de allí no volverá más.
Guardaron silencio todos los bolígrafos y hasta Romi se quedó pensativo. Como si de pronto su corazón se llenara de una extraña melancolía. Como si de pronto sintiera un miedo tan hondo y fuerte que hasta la respiración se le congelaba. Quiso preguntarle cosas al número seis, del país lejano de la muchacha de tez blanca pero no le dio tiempo.
En este mismo momento, el dueño de la tienda, se levantó del sillón de su despacho. Miró a la dependienta y le dijo:
- Tengo que irme porque me esperan en las oficinas. Por la tarde vuelvo. Si necesitas algo me llamas. Y ya sabes: en cuanto tengas unos minutos libres, limpia y ordena la estantería de cristal. La necesito cuanto antes. ¡Ya verás qué cosas más chulas, modernas y alegres pondremos ahí!
20- El tesoro de nuestro interior
El número seis dijo a Romi:
- ¿Ves? El fin se acerca. Como yo, ya has oído que nuestros minutos están contados. Pero creo en ti. Ahora te necesitamos más que nunca. Por eso no pierdo la esperanza y, aunque la realidad no ayuda a seguir creyendo, yo sí confío en ti. Quizá tengamos suerte y la princesa de tus sueños llegue en el momento justo. Rezo contigo al cielo y de paso te pido que luego, no te olvides de mí.
Quiero decirte que, cuando ya estés en el Cortijo de la Viña, rodeado del cariño dulce de tu hermosa niña y el de su amigo dueño del borriquillo, me siguas teniendo presente en tu sueño. Porque, si ahora te necesito luego te seguiré necesitando más. Tendrás que ayudarme, aunque ahora no sé de qué modo, a encontrar a mi antigua dueña, la muchacha de tez blanca. De verdad que necesito encontrarla para tener la oportunidad de mostrarle mi verdadero interior. En todo el tiempo que ella me tuvo cerca no lo descubrió. ¿Y sabes? Entre muchas de las cosas que he aprendido de los humanos una de ella la considero muy importante. Y es llegar a saber que todos nosotros y las plantas y los humanos, llevamos dentro un tesoro inmenso. Y casi nunca, ni nosotros mismos, somos conscientes de este gran tesoro. Pero siempre ocurre, en la vida, que en algún momento se presenta alguien que nos descubre y ayuda a poner en valor el tesoro de nuestro interior.
Guardó silencio el número seis y observó detenidamente a Romi. Se dio cuenta que le escuchaba con gran interés y esto le animó. Romi se sentía importante, dejando que su buen amigo se deshogara. Él también tenía claro que todos en este mundo necesitamos compartir nuestras tristezas, alegría y sueños. Por eso le dijo al número seis:
- Sigue contando. Aunque nuestro final esté cerca, es bueno mantenerse fiel hasta el último momento. Fiel a nosotros mismo, a todo aquello que hemos amado y, sobre todo, a nuestro sueño. Nada puede darnos más gloria ni honor en la eternidad. Sigue contando.
Y el número seis siguió diciendo:
- Y ella, la de tez blanca y corazón joven, debe tener la oportunidad de sacar de mí el tesoro que mi interior llevo. Creo que solo ella puede hacerlo. Por eso tengo que darle esa oportunidad. Para que su vida se llene de luz y para que mi existencia tenga un gran sentido. Lo mismo que piensas tú con tu princesa. Por eso quiero que me ayudes a encontrarla. Aunque viva ahora en el otro extremo del mundo, es necesario que vayamos hasta allí y es necesario que le hagamos comprender lo importante que es ella. Ahora mismo también creo en ti y más aun en tu princesa. Cada vez tengo más claro que, el cariño que sientes por ella, te hace valiente y fuerte. Conseguirá sacar de tu interior el tesoro que llevas dentro y, por eso, tú sueño se hará real.
21- El mundo interior de un bolígrafo
Romi dijo al número seis:
- Ya sabes que tengo hecho un pacto contigo. Confía en mí que ya verás como no te fallo. Todos juntos lograremos que tu sueño se haga real. Creer en el sueño propio, luchar para convertirlo en realidad y amar, es la fuerza que mueve al Universo entero. Nada existiría si faltara esto.
Y el número seis siguió diciendo:
- Yo siempre he creído que, si los humanos, con todos sus títulos universitarios, lujosos coches, buenas carreteras, trajes caros, ciudades grandiosas y otras riquezas materiales, son incapaces de ver lo que hay en el corazón de un bolígrafo, es porque están fallando en lo esencial. Porque te sigo diciendo que en el interior, en nuestros corazones y almas, hay una belleza mucho más importante que en todo lo material que les rodea a ellos. Y a los humanos les pasa esto. En todo el tiempo que he estado entre ellos, no vi nunca que me valoraran por mi mundo interior. Solo me usaban para satisfacer sus necesidades materiales y, de la otra dimensión, ni se preocupaban. Será normal entre ellos pero proceden incorrectamente. Por eso te digo que a los humanos, a muchos, les falta corazón y alma, amor por las cosas, y les sobra egoísmo propio.
Y te digo esto porque, lo mismo que yo, tú sabes que nosotros, en nuestro interior, llevamos un tesoro. Una verdad tan inmensa que es la verdad que lo abarca todo. La que tiene más fuerza, mayor hondura y toda la belleza. Con nuestra tinta azul, negra o roja, se puede dibujar la más hermosa flor de almendro, se puede escribir el más sublime poema, se pueden construir magníficos discursos, se pueden redactar los libros más bonitos y se puede dar forma a todos los buenos sentimientos y a los más limpios sueños. Y estas cosas son mucho más valiosas que los más lujosos coches, los más grandes palacios y los más elegantes trajes. En nuestro mundo interior nosotros tenemos el germen de toda la hermosura que existe en el universo.
Pero ya te digo, muchos humanos no saben ver con los ojos del corazón. No están capacitados para entrar y hacerse amigos nuestros en nuestro mundo interior. Por eso, Romi, te lo repito una vez más: quiero que me ayudes a encontrarme de nuevo con mi antigua dueña. Quiero tener la oportunidad de enseñarle a ella los sueños y sentimientos de mi mundo interior. Para que descubra el amor que ahí le tengo y para que de mí saque el precioso tesoro que en mi corazón guardo. Que descubra ella que conmigo puede dar forma al mundo más bello que haya existido nunca. Y hablo así porque yo sí tengo muy claro la belleza que ella abriga en su corazón. Sé que es tan hermosa o más que la princesa de tus sueños y por eso ansío tener la oportunidad de ayudarle a ver. ¿Sabes? En el fondo los humanos, son como niños chicos. Se encuentran desvalidos y desorientados. Y por eso, más que nada y nadie, necesitan de cariño y de alguien que les muestre el buen camino y la verdad suprema.
22- El misterioso paquete
Romi se disponía a dar su opinión a lo que acababa de contar el número seis. Pero se le adelantó el número uno que, sin más rodeos, dijo:
- Yo sé que tu amiga del alma, amigo Romi, sí sabe mirar al interior de las cosas y personas.
- ¿En qué te funda para afirmar esto?
Y el número uno se preparó para exponer lo que anunciaba. Fijo y con mucho interés lo miraba Romi. Sabía él que el número uno lo conocía todo sobre la princesa de sus sueños. Todo y quizá más de lo que se podía imaginar. Porque el número uno, se había pasado la vida entera al lado del ángel de sus sueños. Por eso, para Romi, este número uno era como su más íntimo confidente, el mejor mensajero de todas las hermosas cosas que, día a día, habían ocurrido en la vida de su princesa. Por eso le dijo:
- Sí, por favor, habla. En un trance como el que estamos viviendo nada puede aliviarnos más que oír las bonitas y sinceras aventuras que ha vivido la niña de mis sueños. Habla y cuéntame de aquellas tierras mágicas, llenas de perfumes finos, de colores puros, de ríos claros, azules cielos, bosques espesos, laderas cuajadas de almendros floridos y de sol radiante. El paraíso del fantástico Cortijo de la Viña, donde ha nacido, ha jugado, sueña y vive la princesa más delicada que nunca haya existido. Por lo que me has contado y yo imagino todo aquello debe ser como la misma antesala del cielo. Donde el sol cada día alumbra con una luz especial y calienta también de una forma distinta. Háblanos de este paraíso celestial y de la niña de mis sueños. Es ella tan bella y la piel de su cara es tan suave que ya ves como hasta la voz me tiembla con solo imaginarla.
Y el número uno, animado por la emoción que mostraba Romi, estaba ya a punto de pronunciar la primera palabra, cuando sucedió algo inesperado. Se abrió la puerta de la tienda y entró un joven. Alto, recio, fuerte. Y en sus manos, por delante y a la altura del pecho, traía un paquete. Grande como cuatro folios juntos y en vuelto en un papel color trigo mate. Saludó a la muchacha de la tienda, puso el paquete sobre el mostrador, sacó de su bolsillo un papel blanco y alargado y le dijo a la dependienta:
- Firma aquí el albarán de entrega.
Dejó la muchacha los folios que tenía entre manos, se acercó al joven y, antes de firmar el papel que le alargaba, preguntó:
- ¿Qué es lo que traes aquí?
- Yo no lo sé.
- ¿Tampoco sabes quién lo manda?
- Eso sí lo sé: lo manda el dueño de esta tienda y a mí me ha pedido que te lo entregue en manos.
- ¿Y te ha dicho si debo hacer algo?
- Sí, me ha dicho que, en cuanto tengas un rato libre, abras este paquete y que, lo que viene dentro, lo pongas bien puesto en la estantería donde están los bolígrafos vacíos. Y también me ha dicho que primero, tires esos bolígrafos a la basura y luego limpies bien los cristales de la estantería. Tú sabrás qué estantería es y los bolígrafos que tienes que tirar. Ahora firma este papel que tengo prisa. Fíjate la hora que es ya y aun me queda por repartir media ciudad.
23- Los humanos solo buscan dinero
En la estantería de cristal todos los bolígrafos habían visto y oído. Nada más entrar a la tienda el joven del paquete, Romi y sus amigos miraron atentos. Y, cuando oyeron lo que el joven hablaba con la dependienta, se echaron a temblar. El miedo los tenía acorralados y ahora la realidad los hundió un poco más. Entre sí se miraban y, como las cosas estaban más clara que el agua, ni siquiera se atrevían a comentar.
Miraban al paquete sobre el mostrador, miraron al joven y miraron a la muchacha dependienta. Y esperaron unos minutos a que se fuera el joven y, en cuanto éste salió de la tienda, fue el número uno el primero en hablar diciendo:
- En este paquete se encuentra nuestro fin total.
- ¿Qué será lo que trae dentro?
- Seguro paquetes de folios. El dueño habló de una oferta. Y ya sabéis vosotros: los estudiantes lo que más gastan en su vida son folios y bolígrafos.
- Sí, serán folios en oferta para ganar más dinero que lo que pueden sacar con la venta de uno de nosotros.
- Árboles y más árboles y dinero por un lado y por otro. A veces los humanos, dan la impresión que lo único que les interesa es el dinero. Aunque para ello tengan que acabar con todos los bosques de la tierra y todo el petróleo para hacer papel y bolígrafos.
Nadie respondió a este comentario. Romi se mantenía en silencio, como desorientado y sin dejar de mirar para la calle. Con las miradas fijas en la acera que justo tenía a dos pasos. A sus pies mismo. Pensando en su princesa y sintiendo que, en estos momentos, era más necesario que nunca que apareciera y entrara y lo comprara. Sentía él que era urgente que este milagro ocurriera. Ya no había tiempo porque además, también la mañana se estaba terminando. Se acercaba el mediodía y él también sabía que, a estas horas, la muchacha siempre cerraba la tienda. También los amigos pensaban en esto. Por eso el número uno dijo:
- Seguro que en cuanto, dentro de un rato cierre la tienda, se queda dentro. Y seguro que antes de irse a comer, abre el paquete que le han traído y saca lo que tiene dentro. Y seguro que se pone y, en un abrir y cerrar de ojos, nos coge a todos nosotros y nos tira a la papelera. Es lo que le han dicho y es lo que siempre los humanos han hecho con los bolígrafos vacíos como nosotros. También a ella se le acaba el tiempo. Seguro que no quiere que otra vez el dueño le diga lo de arreglar esta estantería.
Y el número cuatro confirmó:
- Sí, seguro que hará lo que acabas de contar.
24- ¡Qué solos nos quedamos!
Entre todos los bolígrafos, una vez más, se hizo el silencio. Como si todos y a la vez, de pronto tuvieran necesitad de meditar en algo muy trascendente. Y, una vez más, fue el número seis el que rompió este silencio para preguntar:
- ¿Sabéis qué es lo que me gustaría ahora mismo?
Romi le preguntó:
- Yo puedo intuirlo pero dínoslo y así compartes con nosotros tus sentimientos. ¿Qué es lo que te gustaría ahora mismo?
- Quisiera poder escribir mi testamento.
Asombrados se quedaron todos al oír esto. El número tres preguntó:
- ¿Qué cosas importantes tienes tú para necesitar dejarlas escritas en un testamento?
- Es verdad que ninguno de nosotros ni tenemos dinero en el banco ni pisos en alquiler ni lujosos coches ni palacios. Estás son las riquezas que más valoran los humanos. Nosotros somos unos pobres bolígrafos vacíos y hechos de un poco de plástico. Y, en estos momentos, ya no tenemos valor ninguno. Unas cuantas veces servimos cuando teníamos algo de tinta. Ahora, fijaros qué ignorados de todos y qué solo nos quedamos.
Y, al pronunciar estas palabras, al número tres, se le escapó un suspiro. Como si por dentro estuviera llorando. Y, nadie supo ni él tampoco dio ninguna explicación pero susurrando muy bajito, recitó los siguientes versos:
¡Qué solos nos quedamos
los bolígrafos vacíos
que desechan los humanos!
Qué solos frente al mundo,
ignorados
en el último momento
y despreciados.
Sin una mirada pura,
sin una mano
que nos regale calor
y preste ánimo
en este minuto último.
Qué solos nos quedamos
y cuanta es la ingratitud
de los humanos.
Muy pensativos se quedaron todos los bolígrafos después de oír al número tres recitando estos versos. Como si de pronto él les hubiera revelado lo que en su interior cada uno sentía. También Romi meditó un minuto y luego dijo:
- Ahora después, si quieres, seguimos hablando del testamento que deseas hacer. Creo que comprendo cual es tu necesitad. Pero antes quiero deciros otra vez que es necesario que nos mantengamos fuertes. Aunque parezca que el tiempo se nos acaba y a nada ni a nadie podemos agarrarnos, yo sigo confiando en mi princesa del alma. La mejor de todas, la más guapa, la mujer más generosa y de corazón más noble que ha vivido nunca en esta tierra. Ya veréis como, en el momento justo, llega y nos salva. Mi corazón me dice que ella no puede fallarnos porque no entra en sus modales dejar a los amigos desamparados. Tampoco puede fallarnos el cielo en el que creo y del que espero un milagro. Tengo fe y creo firmemente en mi sueño.
Aunque, por otro lado, ¿sabéis lo que os digo? Que en el fondo tiene algo de bueno que vivamos este trance. Por casualidad el destino ha permitido que nos encontremos en esta librería y estantería. Y por casualidad el destino ha permitido que nos hayamos hecho amigos en el último momento de nuestra existencia en este suelo. ¿Sabéis para qué? Porque en las adversidades es donde se acrisolan las buenas amistades. Y en las adversidades es donde se ahonda hacia la dimensión del espíritu.
Cuando todo lo material falla y los humanos miran para otro lado y abandonan, como han hecho con nosotros, es necesario estar más unidos que nunca. Urge confiar en nuestros sueños y rezar al cielo. Y apremia no desfallecer ni perder de vista nuestro destino, en la dimensión de la eternidad. La adversidad es más valiosa que muchas de las realidades gloriosas que todos habáis visto entre los humanos. Porque la desdicha une, ayuda a reflexionar, eleva al cielo, abre caminos hacia el interior de uno mismo y nos anima a ser mejores. Así que no desfallezcamos. Estamos unidos y creemos en nuestros sueños. Mi princesa aparecerá y tenemos claro lo que queremos. Saber lo que uno quiere en la vida es mucho más importante que todo lo que, en este mundo, uno pueda conseguir. Por eso puede que, lo que ahora mismo parece un triste final, sea el comienzo hacia lo mejor de todo y más bello.
25- No hay que culpar a los humanos
Cuando terminó de pronunciar estas palabras, Romi miró a sus amigos. Y vio que todos se observaban muy pensativos. Escuchaban a su amigo, el de lapicero de lata y el corazón lleno de romanticismo, y miraban al paquete encima del mostrador. Y también, a través de los cristales del escaparate, miraban a la calle. En este mismo momento, un grupo grande de jóvenes universitarios salían de la facultad danto gritos. Y por un altavoz anunciaban una macrofiesta con bebidas gratis para todo el que fuera. Era la hora de la salida de clase al mediodía. Por eso, a la tienda, también entraban muchos estudiantes a pedir fotocopias o a recoger las que habían encargadas.
Dijo el bolígrafo número uno:
- De tu princesa guapa yo puedo contarte ahora mismo algunas de sus mil bonitas historias con el Anciano del Cortijo del Laurel y con el dueño del borriquillo. Ya te dije que el Anciano lo dejó todo escrito en sus cuadernos. Y ya te dije también que escribió cosas maravillosas. Nunca podré olvidarlas. Entre mis recuerdos las tengo frescas y repletas de belleza. Como si hubieran ocurrido ahora mismo. ¿Quieres que te cuente algo?
Y dijo Romi:
- Quizá, en estos momentos, a todos nos ayudaría y a mí particularmente me gustaría mucho. Pero vamos a esperar un poco. Ya la dependienta está a punto de cerrar la tienda. En cuanto nos quedemos solos y se haga el silencio, nos hablas de mi princesa. Solo oír hablar de ella ¿a que se nota que el corazón se alegra? Mi princesa es fantástica. ¡¡Cuánto la quiero!!
Rápido preguntó el número tres:
- Pero Romi ¿tú entiendes a los humanos? ¿De verdad esperas que alguno de ellos pueda ayudarnos?
Sin esperar un minuto, el número cuatro se adelantó y dijo:
- A los humanos no hay quien los entienda. Y hasta creo que ni ellos mismos, la mayoría de las veces, ni siquiera saben lo que quieren.
Se produjo un silencio expectante y aprovechó Romi para aclarar:
- De todos modos, aunque con vosotros no se hayan portado como hubierais deseado, tened siempre en cuenta que cada uno tiene derecho a ser y comportarse como quiera. Nunca debiéramos ser jueces de nadie ni tampoco deberíamos culpar a las personas por sus comportamientos. Quizá, en el fondo, los humanos no son tan malos como en muchos momentos parecen.
El número cinco preguntó:
- Pero entonces ¿por qué con nosotros se han comportado de la manera que ya sabes? Han ido gastando, poco a poco, la tinta que teníamos dentro y en cuanto estuvimos vacíos, nos tiraron. Aquí nos ves. ¿Por qué actúan de esta manera si dices que en el fondo no son tan malos?
26- Preparando para arreglar el escaparate
Dentro de la librería, de pronto la dependienta, dejó su faena, miró a los estudiantes que llenaban la tienda y dijo:
- ¡Es la hora de cerrar! No atiendo a nadie más hasta después de la comida.
Un joven preguntó:
- ¿A qué hora abres?
- A las cuatro y media.
- Pues vale.
Y los que llenaban la tienda comenzaron a salir poco a poco. Comentando sus cosas entre ellos y con sus carpetas y libros bajo el brazo o en la mano. Una de las muchachas se acercó a la dependienta. La saludó y dijo:
- Yo me quedo aquí contigo y te ayudo a recoger. Tienes tanto trabajo que no das abastos.
- Pues te lo agradezco porque estoy agotada. No puedo ni con mi cuerpo.
- Lo entiendo. Toda la mañana dando vueltas de un lado para otro y con tanta gente y todos con prisa es para volverse locos.
- Y aun me queda esa caja que ves encima del mostrador. Tengo que sacar lo que trae dentro, tirar esos bolígrafos a la papelera, limpiar la estantería y ponerla luego bien puesta.
- No te agobies. Ya te he dicho que me quedo aquí contigo un rato y te echo una mano. Y luego te acompaño hasta tu casa.
Y la amiga de la dependienta se acercó a la caja que descansaba sobre el mostrador. Buscó unas tijeras y cortó los precintos que la ataban. Deslió el papel color trigo que la envolvía y comenzó a despegar los trozos de fixo que sujetaba las tapas. Y mientras hacía todo esto estaba pendiente de la muchacha de la tienda que le decía:
- Aunque estoy pensando que si acaso luego vengo más temprano y, antes de abrir la tienda, arreglo el escaparate. Total, a la hora de la comida no va a venir por aquí el dueño. Y si viene y me regaña porque no he arreglado el escaparate tampoco pasa nada. Por dos horas más o menos no creo que se hunda el mundo. Yo ahora mismo estoy tan cansada ni ganas de mirarme tengo.
Romi, desde su posición en la lata y sus amigos, desde el cristal de la estantería, miraban inquietos. Habían prestado mucha atención a las palabras que iba pronunciando la dependienta. Y, a cada palabra pronunciada por ella, se les iba llenando más y más de angustia el corazón. Ya sí había llegado el fin y la princesa no aparecía para salvarlos. Pero él miraba inquieto, tanto a la muchacha que abría la caja como a la dependiente y, a través de los cristales, para la calle. Y les decía a sus amigos:
- Tiene que aparecer. Ya veréis vosotros como no falla. La he soñado tanto y la he esperando con tanta fuerza que ahora no puede fallarme.
- Pero Romi, si ya ni siquiera puede entrar a la tienda. Todos acabamos de oír a la muchacha diciendo que la cierra.
- Para que ocurra un milagro, solo se necesita un segundo. Todas las cosas en la vida se dan en un segundo de tiempo.
La caja sobre el mostrador ya estaba abierta. Y la amiga de la dependienta estaba a punto de levantar la tapa. Temblando por la impaciencia y medio muerto de miedo Romi seguía diciéndoles a los amigos:
- Mirad atentos y decidme qué trae esa caja dentro. Vosotros lo veis mejor que yo porque estáis más cerca.
- Pero tú estás más en alto. ¿Ves algo?
- La tiene ya casi abierta pero la tapa me quita la visión. No puedo ver claramente.
- ¿Y ves si viene tu princesa?
- La acera sí que la veo de arriba abajo. Y, no estoy seguro del todo pero hace solo unos segundos, sí que me parece haber visto al borriquillo y al hombre que va con él.
- Y la princesa que estamos esperando ¿no va subida en el borriquillo?
- Yo creo que sí pero tantas personas suben y bajan por la calle y la acera, que me la tapan. Y vosotros, ¿habéis visto ya lo que viene dentro de esa caja?
27- Las confesiones del número uno
Y el número uno, mirando a Romi, dijo:
- Romi, cuando estés con tu adorara princesa en el Cortijo de la Viña, no dejes nunca de ser bueno con ella. Compartir lo mejor de uno mismo con las persona amada es lo mejor de cuantas cosas puedas hacer en esta vida. Por eso, disfruta en su compañía, de los amaneceres en el otoño, invierno y primavera y disfruta de los colores y olores de las flores en aquellos campos. ¿Sabes? Los amaneceres, en los paisajes del Cortijo de la Viña, son fantásticos. Con nada de lo que existe en este mundo se pueden comparar. Cuando llueve por las noches y, al salir el sol, las nubes blancas se abren en el cielo, aquello parece un mundo de ensueño.
Y, en las mañanas tibias de primavera, cuando ya la hierba cubre por todos sitios con su brillo verde, el corazón se te llenará de sensaciones buenas. El rocío sobre las margaritas o las delicadas hojas de la hierba o en los pétalos de las rojas amapolas, lirios o violetas, es lo más hermoso y tierno que puedas soñar nuca. Y el aire quieto y el azul del cielo y, por las riveras del río y por entre las alamedas y las praderas floridas llenas de mariposas y ruiseñores cantores…
¿Sabes? Como los paisajes del Cortijo de la Viña no hay paraísos en este mundo. Aquellas altas y redondas montañas tupidas de pinares, aquellos ríos de aguas claras, el arroyo del Balneario con sus aguas calientes y medicinales, el acantilado de la ladera norte del río, la cueva del misterio, la de los diamantes y la de la niebla, el charco azul del viejo fresno, la ladera sur de los almendros, el prado del arroyo, donde tu princesa tiene su particular castillo rodeado de floridos romeros y surcado por multitud de acequias de aguas limpias, la misteriosa gruta de la luz azul, donde ella juega en la soledad de las tardes y la alberca de la huerta, la Cañada de las Nogueras, el huerto de las mandarinas, la Cañada del Agua y de los olivos, la Montaña de la Niebla, el Prado del Molino Viejo, junto a la cascada más grande del río, la ladera de los membrillos, el bosque de los robles, las cuevas del belén… En fin, Romi, que donde vive tu princesa es el edén más hermoso que existe ahora mismo en toda la tierra.
Por eso, en este último momento y como despedida, te lo cuento. Y por eso te pide que la quieras y la cuides mucho y que seas siempre bueno con ella. Disfruta de su compañía y de aquel mundo tan maravilloso donde vive. Pero sobre todo, ahora quiero decirte algo que para mí es lo más importante. Escucha atento y no olvides nunca el consejo que voy a darte.
28- Una carta dentro de la caja
De pronto, se oyó un gran golpe. Justo en el mostrador, cerca de la estantería de cristal. Los tres o cuatro jóvenes estudiantes que aun estaban dentro de la tienda, guardaron silencio y miraron. También dejó su faena la dependienta y miró a su amiga. Los bolígrafos de la estantería se quedaron paralizados y, el número uno, con la palabra en la boca. Romi miró a los que estaban más abajo que él y quiso preguntar. Pero, en el mismo momento de hacerlo, se oyó la voz de la chica, amiga de la dependienta, que dijo:
- ¡Ya está! Aquí tienes la mercancía que te manda el dueño de esta librería para que la pongas en el escaparate de los bolígrafos vacíos.
Sobre el mostrador, la caja que momentos antes había desenvuelto la amiga de la dependienta, se veía boca abajo. Con la tapa levantada y apuntando para la puerta y, con los objetos que había dentro, derramados por el cristal del mostrador pero tapados. Nadie podía ver qué era lo que sobre el mostrador se había derramado. Preguntó la dependienta a su amiga:
- ¿Qué es lo que viene dentro de esta caja?
- Por de pronto, un sobre de carta cerrado pero sin pegar, con algo escrito dentro.
- ¿Una carta?
- Sí, pero yo no la he leído todavía
La muchacha amiga, cogió la carta que sobresalía por un lado de la caja, le dio varias vueltas en sus manos y luego dijo:
- La pongo en la estantería de los bolígrafos vacíos para que no se te olvide abrirla y leerla.
- ¡Vale! Déjala ahí que luego, cuando esta tarde vuelva y abra la tienda, la abro y la leo.
Con mucho cuidado dejó la carta, apoyada en la pared y a unos diez centímetros de los bolígrafos vacíos.
29- Si estamos en buenas manos…
Romi miró con interés la carta que, junto a sus amigos, puso la muchacha. Miró a sus amigos y a la caja sobre el mostrador. También miró a la dependienta y, sobre todo, no dejaba de mirar para la calle, esperando ver asomar a su princesa. El único rayo de salvación que, en estos momentos, él creía podría enviarle el cielo. El bolí número seis dijo:
- Yo creo que lo que viene en esta caja son bolígrafos nuevos. Muchos más modernos y lujosos que nosotros.
- ¿Qué te hace pensar eso?
- El ruido que han formado al caer. Me hace pensar que son bolígrafos quizá con dibujos de diseño, que es lo que le mola ahora a la juventud, como dicen ellos.
El número uno, quiso otra vez preguntar a Romi si veía, por la calle acercarse, al hombre del borriquillo y montada en él, la princesa de sus sueños. Y quiso decirle a Romi que él ya había perdido todas las esperanzas. Pero creyó que, en este momento, era mejor hablar de lo que estaba pensando desde hacía tiempo. Y habló y dijo:
- Me dirijo a ti, Romi y a estos amigos nuestros. Y es que quiero que sepáis que yo también pienso que los humanos no son tan malos. Y que nosotros hemos sido hechos para ser, precisamente, meros instrumentos en sus manos. Ya habéis comentado que nosotros somos y hacemos según las manos que nos usen. Si nos usan para hacer cálculos, tomar notas en clase, copiar los temas que exponen los profesores… esa es la obra que dejaremos en este mundo. Y si nos usan para escribir poemas, libros bellos o dibujar delicadas flores de almendros, esta será también la obra que, al irnos, dejaremos. ¿Entendéis lo que quiero decir? Nosotros en sí ni somos buenos ni malos sino aquello que, con sus manos, hagan de nosotros los humanos.
Se hizo el silencio total. Romi seguía mirando, temeroso y pensativo. Al poco, el número uno, continuó diciendo:
- Pero al mismo tiempo también los humanos están en manos de la bondad o del egoísmo y el amor propio. Y pienso que aquellos que se dejan llevar por las manos de la bondad y el amor, logran hacer con nosotros obras buenas y grandes. Y lo contrario: aquellos otros que son egoístas, falsos y soberbios ¿qué es lo que creéis hacen de nosotros en sus manos?
De nuevo se produjo otro momento de silencio. Ninguno parecía tener una respuesta a la pregunta formulada. Sin embargo, el número uno de nuevo dijo:
- Y también al mismo tiempo los humanos son libres de ponerse o no en las manos de Dios. Y todo aquel que está en manos de Dios, seguro que hará grandes, buenas y bellas cosas. Y si uno de nosotros cae en manos de una persona de éstas ¿a que sacará y hará grandes y buenas cosas de nosotros?
30- El último consejo
La muchacha dependienta dijo a su amiga:
- Apago las máquinas, entro un momento al servicio, me lavo las manos, cojo mi bolso, cerramos y nos vamos.
Y la amiga dijo a la muchacha dependienta:
- Ya sabes que si quieres puedo quedarme. No tengo clase esta tarde y, en este tiempo de mediodía, puedo ordenar lo que viene dentro de esta caja, puedo limpiar el escaparate, puedo arreglarlo ponerlo de nuevo y así, cuando vuelvas, te lo encuentras todo hecho.
El boli número uno dijo a Romi:
- Si tu princesa no llega ya no importa. Y si llega, porque el cielo desea que ocurra este milagro, escucha lo que te digo. Pero escucha atento y no olvides nunca estas últimas palabras mías. Porque ya nosotros estamos tan desahuciados que aunque ocurriera el milagro que esperas, no serviría de nada. Pero tú, junto a tu princesa y en aquel paraíso del Cortijo de la Viña, tienes una misión muy grande y concreta.
Antes de proseguir el número uno hizo una pequeña pausa. Miró a sus amigos, miró a la dependienta, miró para la calle y miró a Romi y de nuevo dijo:
- Tu deber es enseñar muchas cosas buenas a la princesa de tus sueños. Ella es todavía una niña y por eso su corazón es puro y en sus ojos solo hay bondad. Pero ella tiene una misión muy grande que desarrollar en esta tierra. Es mujer y como tal, lleva en sí el germen de la mejor belleza, del amor, la ternura, la comprensión y la delicadeza. Todas las mujeres son muy amadas en el corazón de Dios. Para Él, ellas son lo mejor y más perfecto de cuando hay en la Creación.
Las mujeres son verdaderamente maravillosas. Las lágrimas son su manera de expresar la dicha, pena, desengaño, amor, soledad, sufrimiento y orgullo. Tienen fuerzas que asombran a los hombres. Aguantan dificultades, llevan grandes cargas, pero en sí portan la felicidad, el amor y la dicha. Sonríen cuando quieren gritar. Cantan cuando quieren llorar. Lloran cuando están felices y ríen cuando se encuentran nerviosas. Luchan por lo que creen. Se enfrentan a la injusticia. No aceptan un no por respuesta cuando creen que hay una solución mejor. Se privan para que su familia pueda tener y van al médico con la amiga que tiene miedo. Aman incondicionalmente. Lloran cuando sus hijos triunfan y se alegran cuando sus amistades consiguen premios. Su corazón se rompe cuando muere una amiga y sufren con la pérdida de un ser querido y sin embargo son fuertes cuando piensan que ya no hay más fuerza. Y, sobre todo, saben que con un beso o un abrazo pueden ayudar a curar un corazón roto.
Y tu princesa es también todo esto pero de una forma exquisita. Así que tendrás el deber de cuidarla mucho y de enseñarle cada día ternura y belleza. Una mujer necesita que le ayuden a cultivar estas virtudes. Por eso enséñale a dibujar, contigo, las más delicadas y hermosas flores de almendro. Enséñale a escribir y a enamorarse de la primavera, de los campos y de la hierba. Enséñale los colores de las flores y a gustar y disfrutar de la belleza en el azul del cielo y en las estrellas por las noches. Enséñale a rezar cada día y cada noche, una oración sencilla pero sentida, para que descubra que dentro de su corazón tiene el mejor tesoro. Una mujer que sabe agradecer y al mismo tiempo siempre ríe, es la mayor bendición del cielo. Y enséñale a poner ternura allí donde haya dolor o confusión o desprecio. Una mujer que reparte dulzura creará a su alrededor el mejor de todos los mundos. Pero sobre todo, Romi, te voy a pedir algo que no quiero que olvides nunca.
Tragó saliva otra vez el número uno mientras hacía una pausa. Romi lo miraba todo interesado y miraba para la calle por donde el corazón le decía que, de un momento a otro, aparecería su princesa. Dijo, muy quedamente para no romper el respetuoso silencio que se había producido:
- Creo que siento los pasos del borriquillo de plata y bronce. Suben por la acera y vienen derechos a nosotros. No puedo verla porque las personas que bajan y suben me los tapan. Pero ella viene encima del borriquillo acompañada del Anciano y refleja una belleza que asombra. ¡¡Qué guapa es la princesa de mis sueños!! Espera un minuto y verás como aparece y se para y entra y me compra y me lleva con ella.
Y dijo el número uno:
- Pues mientras llega, justo en este minuto final, escucha mi último consejo. Lo que debe ser tu proyecto de vida, para gloria y honor de tu princesa y bien de la humanidad entera: cuando estés a su lado, allá en el edén del Cortijo de la Viña, pídele que cada día, al levantarse, dibuje contigo una flor de almendro. Y pídele que en esta misma hoja del dibujo, cada día escriba una poesía, un breve relato, un sueño, un sentimiento. Y que sea exigente con ella misma. Que dibuje y escriba cada día sin que se le pase ninguno. Aunque no tenga ganas o esté enferma. Quien escribe cada día una hoja de cuaderno a lo largo de toda su vida, transforma el mundo, se hace noble y eterno y abre caminos hacia el amor y lo bello.
